Jueves, 17 de octubre de 2019
 
Tiempo Ordinario: Domingo XXIII (Ciclo A)
 
Seguro que todos, con su más o sus menos, tenemos bastantes asuntos que nos inquietan.
 

Es cierto que nada ha cambiado lo suficiente como para que hayan desaparecido los conflictos bélicos, las multitudes que emigran, la miseria creciente, las desiguadades económicas y sociales, las injusticias flagrantes y un etc. largo sin olvidar, por supuesto, lo sucedido en Barcelona hace poco tiempo.

            Como creyentes hace falta que, dentro de nuestras posibilidades y, sobre todo, desde nuestra fe, nos planteemos una revisión sincera y valiente para que no se obturen nuestras conciencias. El evangelio de hoy nos enseña: Os aseguro que todo lo que atéis en la tierra quedará atado en el cielo, y todo lo que desatéis en la tierra quedará desatado en el cielo. La Iglesia es, como el mundo, un campo de cultivo en el que la buena simiente y los abrojos crecen juntos hasta el final de la historia. Constantemente afluye en ella el mundo irredento, de manera que la comunidad cristiana no es una sociedad absolutamente libre de pecado y conflictos. Solo que allí los conflctos no se resuelven como en la sociedad ordinaria. Así, la verdadera Iglesia florece en la reconciliación y en el perdón como dice san Agustín: Donde está el perdón de los pecados, está allí la Iglesia.

            Esto es lo que muestra el evangelio de hoy respecto de la corrección fraterna; enseña cómo hay que proceder para ganar al hermano que se ha desviado del recto camino. La corrección incluye varias etapas. Lo primero es un fraterno “tú a tú”, a solas. Si el diálogo resulta eficaz, “habrás ganado a tu hermano”, que es lo que se busca. Si no da resultado, habrá que comprometer a otros porque es la vida comunitaria la que está en cuestión. Si esta exhortación no da fruto, hay que apelar a la Iglesia. Lógicamente hay que entender que lo último en lo anterior nos atestigua la existencia de la comunidad que vive plenamente la fe y debe cuidar que el camino de los fieles siga al estilo de Jesús.

            En la comunidad, en la Iglesia, debe reinar la paz. O, porque no hay ofensas. o porque se busca la reconciliación. Las enseñanzas de Jesús se centran, sobre todo, en la vida comunitaria: qué tipo de relación deben mantener entre sí los que creen en Cristo y le siguen. Nuestras personas pueden mantener un nivel de comprensión en el ámbito eclesial pero resulta que nosotros vivimos muchísimo tiempo fuera de lo que entendemos como iglesia y sin caer den la cuenta de que desde que fuimos bautizados estamos en el ámbito de toda la familia eclesial y, consiguientemente nuestra persona mo puede separar nunca desde sí el ámbito de la fraternidad con todos los bautizados que son, como nosotros, hijos de Dios.

            En el ámbito verdadero de la Iglesia, a la cual todos los bautizados pertenecemos. estamos llamados a ser capacdes de llevar a cabo lo que nos enseña hoy el salmo responsorial: Venid, aclamemos al Señor, demos vítores a la Roca que nos salva… Entrad, postrémonos por tierra, bendiciendo al Señor, creador nuestro. En nuestra vida hay muchas cosas positivas y, más, si tiene el fondo de la fe. Aquí está la razón de todo y es la conciencia agradecida al Señor por ser perdonados infinitamente y mantener en constante agradecimiento al haber encontrado el perdón, incluso después de haber vivido muchas veces como el hijo pródigo de la parábola. ¡Qué hermoso es: amarás a tu prójimo como a ti mismo!

RESPUESTAS desde NUESTRA REALIDAD

            Entremos en nuestro ser y tratemos de escuchar a Jesús. Él nos dirige una hermosa mirada y nos dice: Donde dos o tres están  reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos. Ante esa maravillosa gracia que Él amorosamente nos ofrece, dejémonos forjar en la verdad de Dios-Amor. Ahí es donde nos convertimos en instrumento de corrección  y reconciliación.

            Es cuestión, siempre desde la fe, crear en nuestro corazón un ambiente de recepción y eso nos lleva a una disponibilidad interior para dejarnos corregir y alimentar así los momentos de nuestra vida. Si tenemos conciencia del perdón que hemos recibido del Señor, tomamos en serio la lección del apóstol Pablo: A nadie le debéis nada, más que amor.

ORACION

            Oh, Dios, por ti nos ha venido la redención y se nos ofrece la adopción filial; mira con bondad a los hijos de tu amor, para que cuantos cremos en Cristo alcancemos la libertad verdadera y la herencia eterna. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén

PENSAMIENTO AGUSTINIANO

         Hay algo realmente grave. Los hombrezs desprecian de tal modo la medicina del perdón, que no solo no perdonan cuando se les ofende, sino que tampoco quieron pedirlo cuando ellos  pecan. Penetró la tentación y se apoderó la ira de ellos. De tal manera les dominó el deseo de venganza, que no solo se apoderó de su corazón, sino que hasta la lengua vomitó ultrajes y crímenes… ¿No ves hasta dónde te arrastró, a dónde te precipitó? Adviértelo y corrígete. Confiesa «hice mal»; confiesa: «Pequé». Si confiesas tu pecado, no morirás; sí, si no lo confiesas. Cree a Dios, no a mí. (San Agustín en  Sermón 17, 6-7).