Sábado, 21 de septiembre de 2019
 
28 de septiembre: Beatos Mártires del Japón
 
Memoria obligatoria de la Orden
 

[texto del propio de la Orden, para la Liturgia Eucarística y la Liturgia de las Horas]

Datos biograficos

La liturgia de hoy recuerda a un grupo de la Familia Agustiniana beatificado por el papa Pío IX en 1867. Los primeros misioneros agustinos llegaron al Japón el año 1602. El pueblo los escuchaba con atención y pronto abundaron las conversiones. A los pocos años, surgieron las primeras vocaciones japonesas para la vida agustiniana. Hasta que estalló una violenta persecución contra los católicos que la naciente Iglesia japonesa supo afrontar con valentía. Fueron centenares los agustinos y agustinos recoletos que entre 1617 y 1637 derramaron su sangre por confesar a Jesucristo. El agustino P. Pedro de Zúñiga fue quemado vivo en 1622 y la misma suerte corrió, en septiembre de 1632, el P. Bartolomé Gutiérrez, de origen mexicano. Con este último sufrieron la hoguera dos agustinos recoletos, el español Francisco de Jesús y un portugués, Vicente de San Antonio. Los tres habían sido capturados, casi al mismo tiempo, tres años antes.

Un segundo grupo de mártires está compuesto por los agustinos recoletos Martín de San Nicolás y Melchor de San Agustín, beatificados el 23 de abril de 1989 por Juan Pablo II.

La memoria de este grupo de mártires refleja la universalidad de la Iglesia y de la vida agustiniana –proceden de España, México, Portugal y Japón–, así como la comunión de vida entre religiosos agustinos y agustinos recoletos y sus respectivas ramas seculares. Estos últimos quedan todos representados por santa Magdalena de Nagasaki, cuya fiesta se celebra el 20 de octubre.

En la ceremonia de beatificación –el 23 de abril de 1989–, el Papa Juan Pablo II destacaba las virtudes heroicas de los beatos Martín y Melchor, agustinos recoletos, presentándolos como celosos misioneros que contribuyeron a la difusión del evangelio en las islas Filipinas y en Japón. “Los nuevos Beatos Martín y Melchor son frutos maduros del espíritu misionero y evangelizador que ha caracterizado a la Iglesia en España. Nacidos en el seno de familias profundamente cristianas en Zaragoza y Granada, abandonaron todo para seguir a Cristo. Estos dos mártires, gloria de la Iglesia y de la familia agustiniana, han de ser exigencia y estímulo para despertar en las familias españolas aquella vitalidad cristiana que hizo posible llevar el mensaje de salvación hasta los más apartados confines del mundo. ¡Que no se pierdan tantos valores! ¡Que no caigan en el olvido tantos testimonios de fe que honran y engrandecen la historia española!”