Lunes, 23 de septiembre de 2019
 
13 de octubre: Conmemoración de todos los bienhechores difuntos
 
Conmemoración de la Orden
 

[texto del propio de la Orden, para la Liturgia Eucarística,
y del Común de Difuntos, para la Liturgia de las Horas]

Las Constituciones de Ratisbona del año 1290 prescribieron la conmemoración de los bienhechores difuntos para recordar ante el Señor a las personas que de un modo u otro habían ayudado a la Orden en sus obras y actividades. Hasta el 1672 la conmemoración estuvo unida a la de los familiares difuntos de la Orden, pero en ese año se creó una conmemoración específica para los bienhechores difuntos, que habría de celebrarse el 7 de julio, mientras que la conmemoración de los hermanos y hermanas difuntas se trasladó del 7 de julio al 14 de noviembre.

Pío X la trasladó al 8 de julio; y la reforma del 1975, al 10 de octubre. Y desde el 2002 se celebrará en este día 13.

Apunte histórico

La acción apostólica desarrollada por los agustinos y agustinas en el mundo sería imposible sin la colaboración del laicado. De modo que los laicos constituyen, en ocasiones, los mayores activos de nuestra Familia Agustiniana. Religiosos, sacerdotes y laicos formamos un solo cuerpo que es la Iglesia. El texto de la primera carta a los Corintios 12,12‑27, donde san Pablo habla de cómo un único cuerpo tiene distintos miembros, le sirve a san Agustín de apoyo para su reflexión acerca del Cristo total. Nadie ignora la interrelación de los miembros y funciones de su propio cuerpo. San Agustín se expresa así sobre este misterio de unidad: “Los cristianos, juntamente con su cabeza ascendida al cielo, forman el único Cristo. No es que Él sea uno y nosotros muchos: en Él, que es uno, nosotros que somos muchos, somos en realidad una sola cosa. Éste es, pues, el único hombre que en realidad existe: Cristo, cabeza y cuerpo” (Comentarios a los Salmos 127, 3).

Hoy, nuestra mirada agradecida hacia los colaboradores y bienhechores difuntos de nuestra Familia Agustiniana se hace oración al Señor de la vida y profesión de esperanza como signo de amor. Ese amor que es más fuerte que la muerte y prolonga, superados los límites del tiempo, la comunión con los seres queridos. “Todos somos prójimos, por la condición del nacimiento terreno; pero también somos hermanos por la esperanza de la herencia del cielo”, escribe san Agustín (Comentarios a los Salmos 25, 2, 2).

Nuestra celebración de hoy es profesión de fe en Jesús resucitado ‑anuncio y garantía de nuestra propia resurrección‑, ejercicio firme de esperanza, y sentimiento de gratitud hacia las personas que, antes de pasar de la muerte a la vida, nos prestaron su colaboración y regalaron su amistad.