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En nuestra vida tenemos que clarificar la verdad de nuestro ser, aunque en la mayoría de los casos no damos el clavo a la definición en uno mismo y ni tampoco nos importa demasiado. Sin embargo, son muchos en la vida los momentos que, se nos escapan, sin caer en la cuenta de lo que conllevan, en uno mismo, la realidad y la responsabilidad.
Fr. Imanol Larrínaga, OAR - 18/11/2018

              El comienzo de estas líneas proviene de la necesidad de clarificar los momentos en los que se nos anuncia la Palabra de Dios y, no sólo a nuestra consideración, sino al fondo y a la forma de cómo debe tener acento y respuesta en nosotros. Y, esto, nos sitúa en una pregunta: ¿cuál es el secreto del verdadero cristiano? Es Cristo, Señor del tiempo y de la historia y que nos plantea una realidad incomparable: El Señor es el lote de mi heredad y mi copa, mi suerte está en tu mano; por eso, se me alegra el corazón, se gozan mis entrañas; me enseñarás el sendero de la vida. Desde este fondo, nuestra realidad, si se sujeta en la fe, se hace portadora de la eternidad, allí donde vivimos y trabajamos, y es que la luz del amor de Dios nos bendice.

            Es cierto que nosotros estamos siempre en función del reloj y no damos margen de presencia a la atmósfera de la eternidad: el sacrificio personal de Cristo tiene validez universal, se ofreciócon la unicidad e irreversibilidad de la muerte. De ahí que la historia del ser humano sobre la tierra llegará a su final, pero creemos que el mundo está en buenas manos. Podemos confiar en Dios nuestro creador y Padre. Dios es siempre Señor de la historia y Él sólo sabe el día y la hora.

            Nuestra historia personal está siempre en manos de Dios pero debemos estar alerta. No sabemos cuándo vendrá el fin y de ahí que estemos en actitud de los buenos servidores, dispuestos a salir al encuentro inmediatamente, apenas seamos llamados. La segunda parábola ilustra nuestra situación: somos como servidores que esperan a su patrón, sin saber cuándo llegará. El misterio permanece, pero en medio del misterio debe permanecer firme nuestra esperanza.

            Tendríamos que leer y meditar mucho más la parábola de hoy ya que nos acerca al encuentro de toda la Iglesia con Jesús. Él viene a llevarnos adonde estaba antes. Él viene para llevarnos a ese lugar del que él mismo dijo fue a preparar después de su resurrección. Mientras tanto, seamos testigos de la esperanza para poder entregarle al Padre, en el último día, la ofrenda de un mundo purificado y renovado. En la Iglesia están las primicias de ese Reino, y nosotros, que somos Iglesia, debemos realizar nuestra vocación de constructores de esa nueva realidad.

            El tiempo pasa pero estamos llamados a salir al encuentro del Señor. El Señor llega de distinta manera. Un día llegará definitivamente y lo importante es esperar confiadamente y estar listos para salir al encuentro. Llegaremos al cielo porque hubo Uno que ofreció su vida en sacrificio de una vez para siempre, se sentó a la derecha del Padre, y allí nos espera.

RESPUESTA desde NUESTRA REALIDAD

            El tiempo no pasa sin más; se nos regala, y, a la vez, es para nosotros el momento constante de precisar nuestra respuesta a la fe con la cual hemos sido bendecidos para siempre. Nuestra vida es una peregrinación yno solo a un lugar sino a Dios que nos ha creado, nos ha llenado de gracia y nos espera para siempre después de un caminar nuestro en la fe y en la obediencia a Él. Desde esa confianza, nos introduce en el significado del finaly nos abre a la esperanza. Siendo agradecidos al Señor que nos llama para una eternidad, es lógico que nuestra vida se oriente desde su amor y, también desde su justicia. Recordemos con fe que el Hijo de Dios ha venido a salvamos pero sin olvidar su camino en el amor yen la verdad. Ahí nuestra razón de ser, de vivir y de amar.

ORACIÓN

            Señor, Dios nuestro, concédenos vivir siempre en tu servicio, porque en servirte a ti, creador de todo bien, consiste el gozo pleno y verdadero. Por J. N. S. Amén.

PENSAMIENTO AGUSTINIANO

            Mientras nos hallamos en este mundo, no nos perjudicará el caminar aquí abajo, siempre que procuremos tener el corazón en lo alto. Caminamos abajo, mientras caminamos en esta carne. Al fijar nuestra esperanza en lo alto, hemos como clavado el ancla en el lugar sólido, para resistir cualquier clase de olas de este mundo, no por nosotros mismos, sino por aquel en quien está clavada nuestra ancla, nuestra esperanza, puesto que quien nos dio la esperanza no nos engañará y a cambio de la esperanza nos dará la realidad. Pues como dice el Apóstol, «la esperanza que se ve no es esperanza». En efecto, lo que uno ve, ¿cómo lo espera? Si esperamos lo que no vemos, por la paciencia lo esperamos. (san Agustín en Sermón 359, A, 1-4).

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