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Caminamos mucho y vamos muchas veces un tanto lejanos de la realidad; nos creemos capaces de enfrentarnos a todo y no caemos en la cuenta de que podemos equivocarnos. Aún así, no perdemos nuestra “calidad de capaces” y, más de una vez, nos sentimos vacíos y tristes.
Fr. Imanol Larrínaga, OAR - 27/10/2018

          ¿Cuántas veces somos capaces de preguntarnos cuál es el sentido de nuestra vida? Puede parecer un tanto extraña la referencia, pero seamos capaces de situarnos, como dice el Evangelio, junto al ciego y escuchemos lo que pregunta Jesús: ¿Qué quieres que haga por ti? El ciego le contestó: Maestro, que pueda ver. Anda, tu fe te curado.

            Leer este milagro en el evangelio debe hacernos caer en la cuenta que, si alguna vez, conscientes de nuestra pobreza interior, sentimos la realidad de nuestra ceguera espiritual ¿por qué no gritamos desde el corazón al Señor que pasa junto a nosotros y, por ello, no somos capaces de escuchar la invitación del Maestro que nos llama, nos invita y espera de nosotros un aquí estoy, Señor?  Lo más defectuoso en nosotros es la cubierta chulería de sentirnos siempre capaces y creer que vamos a dejar todo en el suelo… y, qué bien nos vendría recordar el salmo responsorial de hoy: que el Señor cambie nuestra suerte.

            A ciertos momentos de nuestra vida nos convendría, primero, tomar conciencia de cuál es el nivel de nuestro interior y si no necesitamos la presencia del Señor, recordando la carta a los Hebreos: Nadie puede arrogarse este honor; Dios es quien llama. Nunca podemos valorar la fuerza y la seguridad que nos puede regalar el Señor cuando, conscientes de nuestra debilidad, llegamos humildemente ante Él  y,  con fe total, clamamos: El Señor ha estado con nosotros y estamos alegres. Quien es capaz de confesar su realidad insignificante y sitúa a Dios en su corazón, recibe la fuerza total para orientar su vida desde la providencia divina y embarca con plena fe y expresa claramente que Dios es quien llamay, entonces, el camino de la vida se orienta desde lo santo y desde lo eterno.

            Vivimos en una época en que la pretensión y la falsa seguridad nos crean un ambiente desorientado y, a veces, tan triste, que nos cierra la esperanza de una verdadera fe. Y, sin embargo, cuando llegamos ante Dios manifestando la propia incapacidad y la necesidad de su presencia, es como que una realidad infinita llega a nuestro corazón, mientras escuchamos la voz que nos dice: El Señor ha salvado a su pueblo. En un momento en el que la humanidad vive en una gran indecisión, se escucha esa palabra de salvación para indicarnos que Dios quiere siempre nuestro bien y nuestra felicidad. 

            La experiencia de la fe en Dios nos parece un problema en este momento de nuestra vida. Nos entendemos siempre como dueños de la vida y no caemos en la cuenta de que Dios es nuestro Creador y nuestro Padre, y que Él ha estado con nosotros y, desde Él, podemos estar siempre alegres. Y, ¿por qué no lo estamos? Jesucristo, con su muerte y resurrección, nos irradió la “Luz Verdadera”. Tal vez, nos encerramos demasiado en nosotros mismos y, más que luz, vivimos en un oscuro ambiente y vida debido, en  primer lugar, a que no queremos cambiar el estilo de  nuestra forma de ser y, por otro lado, a que no dejamos que Dios sea nuestro amor, cuando, en verdad, es Él quien nos brinda el sentido más claro de vivir, quien nos lleva de su mano y nos enseña el verdadero camino guiando entre consuelos ya que Él es padre para todos.

            ¿Cuántas veces nos hemos acercado al evangelio y hemos sentido en nuestro corazón que el Señor llega a nosotros y nos dice: ¿quieres verme y, desde mí, ver a los demás? A lo mejor, nos parece un tanto extraña esta escena pero el Señor está dispuesto a que nosotros aprendamos a ver con Él y, desde Él. Profundizando en el tema, el evangelio de hoy nos presenta el hermoso milagro que recibe el ciego, anticipado por la pregunta de Jesús: ¿Qué quieres haga que por ti?El amor infinito manifiesta su fuerza y su verdad:Anda, tu fe te ha curado. Este milagro nos puede llamar la atención y, sin embargo, Jesús se acerca siempre y nos dice: ¿me amas? Y ¿cuál es nuestra respuesta?

RESPUESTA desde NUESTRA REALIDAD

            Acerquémonos al Evangelio y situémonos al borde del camino como el ciego, ¿Qué pensamos en parecidas ocasiones? Tal vez, no nos preocupa la situación de otras personas que están a nuestro lado, pero, a la mejor, ni siquiera nos hacen pensar si están enfermos, solos, silenciosos, sufriendo mucho y sin esperanza. ¿Cuál es nuestra reacción ante esa evidencia? Seguramente, miramos a otro lado y no queremos acercarnos y, menos, hacer diálogo con ellos. ¡Qué pocas veces somos capaces de acercarnos a ellos y decirles: “puedes contar conmigo”. Aprendamos a no cerrar los ojos y tener en cuenta la actitud de Jesús:  ¿Qué quieres que haga por ti?

ORACION

            Mira, Señor, los dones que ofrecemos a tu majestad, para que redunde en tu mayor gloria cuanto se cumple en nuestro ministerio. Por Jesucristo, nuestro Señor.

PENSAMIENTO AGUSTINIANO

            Creamos y confesemos que Jesucristo es Hijo y Señor de David. No nos avergoncemos del Hijo de David, para no encontrar airado al Señor de David. Por este nombre llamaron los ciegos -con toda razón- a aquel que pasaba, y merecieron recuperar la vida. Jesús estaba pasando y ellos, oyendo el alboroto de la turba que pasaba, y conociendo por el oído lo que aún no podían con la vista, gritaron con gran voz y dijeron: «Ten piedad de nosotros, Hijo de David». La turba les recriminaba mandándoles callar; ellos, por el contrario, movidos por el deseo de la luz y venciendo la oposición de la turba, continuaron con sus gritos, detuvieron al que pasaba y merecieron ser iluminados por él, después de haberlos tocado. En efecto, decía al que pasaba: «Ten piedad de nosotros, Hijo de David». Él se detuvo, y tras haber vencidos ellos el alboroto de quienes se les oponían, les preguntó: <¿Qué queréis que os haga?» A lo que ellos respondieron: «Señor, que veamos». Entonces los tocó y abrió sus ojos y vieron presente al que habían sentido cuando pasaba. (San Agustín en comentario al Salmo   109, 5).

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