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¿Cómo nos dirigimos a Dios? Es cierto que es nuestro Padre y, sólo en él es posible alcanzar la verdadera felicidad; lo es Todo y sólo Él puede llenarnos totalmente, toda vez que nosotros nos dirijamos a Él con fe y amor.
Fr. Imanol Larrínaga, OAR - 26/06/2018

              A lo largo de la Palabra de Dios de este domingo surge una triple referencia que puede definir totalmente nuestra vida: Dios creó al hombre para la inmortalidad. Cuando uno mismo se plantea este misterio, hay que plantearlo así, debe prescindir de una actitud falsa de sí mismo cuando quiere justificarse. La realidad de nuestras personas requiere una valoración desde su punto fundamental: somos criaturas creadas por Dios y, de entrada, nuestra respuesta primera está fundada en el salmo responsorial de hoy: Te ensalzaré, Señor, porque me has librado. La valoración de nuestras personas es una llamada a la que es necesario responder y situarla como punto de referencia para aceptación de sí mismo y de los demás, agradeciendo a Dios su generosidad.

            Tal vez, todos necesitamos levantar el nivel de quiénes somos y de dónde procedemos. Si queremos ser agradecidos al Señor tenemos que encarnar una visión diferente de nosotros mismos: Señor, sacaste mi alma del abismo. Esta respuesta, (salmo 29)puede parecernos, de entrada, una exageración y, sin embargo, es la realidad plena de nuestra creación y del nivel de gracia que el Señor nos concede desde su amor infinito. 

            No entramos totalmente en el misterio de nuestra liberación(tema que exige por nuestra parte un agradecimiento sin límites) y, aunque nos parezca un tanto misterioso, es una gran verdad y una bendición para nosotros. Porque ya sabéis lo generoso que fue nuestro Señor Jesucristo: siendo rico, se hizo pobre por nosotros para enriquecernos con su pobreza (1 Cor 8, 8). Dios es el creador de la vida, lo opuesto a la muerte y a la destrucción, y esto requiere por nuestra parte empeñarnos en una propia definición desde Dios, y este punto de referencia es vital para no alejarnos de la realidad y para caminar con la mirada en el cielo. Los cristianos debemos encontrar ahí la razón de nuestra vida, en nosotros mismos y con los demás. 

            Lo demás sería un lenguaje de muerte y el Señor “nos ha elegido para que tengamos vida y la tengamos en abundancia”. La gloria de Dios se ha manifestado plenamente en Cristo y Él nos comunica en su presencia la certeza de amor infinito hasta el punto en que nos dice a través del apóstol: Distinguíos ahora por vuestra generosidad (ib. 8,7),

            Con la conciencia en lo anterior, ¿Cómo responder desde la vida? Una llamada llena de amor: Contigo hablo, niña, levántate (Marcos 5, 41). Este es uno de los textos evangélicos en los que Jesús manifiesta una cierta paternidad para con sus hijos. Acostumbrados a reconocer que Jesús es el Hijo por excelencia, nos cuesta descubrir el rostro paternal de Jesús, que revela también así el rostro del Padre celestial. Jesús ejerce sobre los suyos una verdadera paternidad espiritual. El tema de la fe es esencial. La curación no es un acto de oportunismo ni de magia, sino de fe, de reconocimiento del señorío de Jesús.

            Y, así, entramos en el tema final: la muerte de una niña. Su padre se había acercado antes con fe a Jesús pidiendo la curación, pero ya era tarde: estaba muerta cuando Jesús se acerca a la casa. La escena, en medio del dolor y del desamparo, encuentra la presencia del Hijo de Dios. Tal vez, olvidamos muchas veces la comprensión total del misterio pascual para poder reclamar el poder de Cristo que anuncia a través de sus signos que él ha venido a restablecer la creación. En la cruz ha vencido a la muerte y la fe nos llama a creer que, si Cristo resucitó, también nosotros vamos a resucitar y a recibir el don de la vida eterna.

RESPUESTAS desde NUESTRA REALIDAD

            Nuestra vida es un camino cristiano entre la confianza y la esperanza para ir a Dios desde Él mismo, desde su gracia. O sea, venimos de Él y ello implica que podemos movilizar nuestros deseos de rendirle la entera confianza de nuestro corazón. Sólo desde la misma relación personal que el Señor establece con nuestra historia y teniendo delante al Hijo de Dios, podemos intentar una respuesta sincera de la fe en nuestro presente y en nuestro futuro. Y esta respuesta es una actitud necesaria precisamente en la oración de cada día. Nunca negar la presencia de Dios y esa es para nosotros la gracia que nunca nos falta. Pero no olvidemos un detalle importante: el reino de Dios es una iniciativa divina y, aun aceptando una colaboración humana, debe quedar siempre por encima de toda tentativa humana.

ORACION

            Oh Dios, que por la gracia de la adopción, has querido hacernos hijos de la luz, concédenos que no nos veamos envueltos por las tinieblas del error, sino que nos mantengamos siempre en el esplendor de la verdad. Por J. N. S. Amén.

PENSAMIENTO AGUSTINIANO

            Quizá pienses en tu interior: «¡”Dichosos los que merecieron a Cristo como huésped”!» ¡Dí: yo hubiera estado allí! ¡Si hubiera sido al menos, uno de aquellos dos a los que encontró en el camino!. «Tú sigue en el camino, y Cristo será tu huésped. ¿Piensas que hay no te será posible acoger a Cristo? “¿Cómo -preguntas- voy a tener esa posibilidad? Después de resucitar se apareció a los discípulos y subió al cielo, donde está sentado a la derecha del Padre, y ya no volverá más que al final de los tiempos para juzgar a vivos y a muertos; pero ha de venir revestido de gloria, pero no de debilidad; vendrá a otorgar el reino, no a solicitar hospitalidad» ¿Te olvidas de que cuando venga a entregar el reino, ha de decir: «Cuando lo hicisteis con uno de mis pequeños, conmigo lo hicisteis?» Él, aunque rico, sigue estando necesitado hasta el fin del mundo. Tiene necesidad, sí, pero no en la cabeza, sino en los miembros ¿Dónde está necesitado? En aquellos miembros por los que sentía dolor cuando dijo: «Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?». Seamos, pues, condescendientes con Cristo. Él está entre nosotros en sus miembros; está entre nosotros en nosotros mismos (Sermón 239, 6-7).                                                               

                                                                                   Fr. Imanol Larrínaga oar.

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