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En el camino de la vida hay siempre una realidad constante: “el tiempo pasa”. Somos caminantes que, en la mayoría de los casos, no caemos en la cuenta de examinar si nuestros pasos son rectos, vacíos o inútiles.
Fr. Imanol Larrínaga, OAR - 19/09/2017

Somos personas a las cuales nos vendría óptimo el poder pensar y meditar qué significa el buscad al Señor mientras se le encuentra, invocadlo mientras está cerca, en la intención del profeta Isaías en la primera lectura.

         El planteamiento de una búsqueda real y basada en la verdad nos puede clarificar si deseamos con fe el camino de Dios. San Pablo nos dice: lo importante es que vosotros llevéis una vida digna del Evangelio de Cristo. La conciencia plena por nuestra parte ante esta llamada nos hace seguir una esperanza total ya que es una verdad que no tiene sino la certeza de la presencia de Dios que inicia día a día, desde su amor, nuestra vida para que pueda caminar hacia lo eterno sin duda y sin miedo.

         Cuando el apóstol Pablo nos invita en su planteamiento a vivir en la fe necesitamos antes de nada descubrir que él es un testigo que ha sido rescatado por Cristo, que ha hecho de toda su vida un anuncio de Él y que, consiguientemente, es feliz. Es una gran leción que, ojalá nosotros, descubriéramos, al estilo de Pablo, para hacer surgir como él la experiencia del seguimiento de Cristo sin dudas ni miedos. Desde este punto de partida, entraríamos plenamente en el Evangelio y viviríamos en la fe lo que quiere el Señor de todos nosotros.

         En cristiano, nuestra vida es una invitación que se nos hace para entrar en la viña de Dios. Una gracia que se nos concede y que ojalá debiéramos valorarla, vivirla y sostenerla en plena respuesta al don que maravillosamente Dios nos concede como gracia y como testimonio. En el conjunto de este don encaja perfectamente el salmo responsorial: día tras día te bendeciré, Dios mío, y alabaré tu nombre por siempre jamás. Comprendida y vivida así nuestra existencia en la fe, podemos situarnos y gozar la gracia que Dios nos concede. No es nuestra propiedad lo que tenemos en la mano; es puro don del Señor eterno y misericordioso y,  por lo tanto, nuestras personas reciben así la gracia maravillosa de una felicidad total: nuestro Dios es siempre rico en perdón.

         Muchas veces podemos preguntarnos qué nos va a dar el Señor, si vale la pena sacrificarse, si es posible convertir los días y los años en un servicio constante a Él… El Evangelio nos enseña el camino, la fidelidad y el gozo. No estemos complacidos por nuestros esfuerzos para ser personas fieles a Dios; lo que importa es dejarnos guíar por Él y hacer de nuestra existencia una obediencia a su voluntad y responder con gozo a sus llamadas.

         ¿Cabe pensar qué significa trabajar en la viña del Señor?  Escuchemos al apóstol Pablo: lo importante es que vosotros llevéis una vida digna del Evangelio de Cristo. En esta convición ¡qué sentido más total pueden tener nuestras personas! Tengamos en cuenta algo fundamental: nunca estamos solos. Dios es quien nos invita a trabajar en su viña, nos concede la gracia de la fe y siempre está presente con nosotros. Y, aunque parezca una contradicción, nuestra tarea en la viña del Señor es la propia santificación, es la fidelidad a la gracia que hemos recibido; una gracia divina que nunca nos falta.  

RESPUESTA desde NUESTRA REALIDAD   

         En el camino de la vida necesitamos siempre tener en cuenta que cerca está el Señor de los que le invocan. Es cierto que nuestro caminar en la fe no es fácil cuando se dirige desde los propios deseos pero también es cierto que Dios nunca deja de su lado y, consiguientemente, hay siempre en juego una llamada a saber orientar nuestra existencia desde la fe que Él nos ha dado y desde la gracia que llama siempre a nuestro corazón. Hoy como ayer, se nos exige una respuesta limpia y total a los dones que el Señor nos concede para valorar y gozar  su gracia. En la viña somos siempre los testigos y anunciadores de la llamada del Señor.

ORACION

         Oh Dios, que has puesto la plenitud de la ley divina en el amor a ti y al prójimo; concédenos cumplir tus mandamientos para que merezcamos llegar a la vida eterna. Por J. N. S. Amén.

PENSAMIENTO AGUSTINIANO

            Pensad que sois vosotros quienes habéis sido conducidos a la viña. Quienes vivieron aún siendo niños, considérense los conducidos a primera hora; quienes siendo adolescentes, a la hora tercia, quienes en su madurez, a la de sexta; quienes eran ya graves, a la nona, y quienes ya ancianos, a la hora undécima. No os preocupéis del tiempo. Mirad el trabajo que realizáis; esperad seguros la recompensa. Y si consideráis quién es vuestro Señor, no tengaís envidia si la recompensa es para todos igual (san Agustín en Sermón 49, 2).

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