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Una pregunta: el tiempo ¿nos hace más duros? Puede que el interrogante llame la atención y, más, cuando nos planteamos una reflexión desde el Evangelio. No obstante, es bueno que cada uno reflexionemos sobre cuál es la actitud personal de cara al bien o al mal en nosotros y en los demás. En la mayoría de los casos, para nosotros mismos somos muy comprensivos y hasta plácidos; en la referencia a los demás ¿hacemos real el evangelio?
Fr. Imanol Larrínaga, OAR - 13/09/2017

        

Es bueno situarnos en humildad ante “el Señor que es compasivo y misericordioso”  a la vez que examinemos nuestra conciencia de cara al “hermano que me ofende”. La propia conciencia nos dice la verdad de la infinita misericordia de Dios sobre nuestros pecados y cómo lo expresa con su amor; nos induce- ¡ojalá fuera verdad en nosotros!-, a ser testigos fieles de Él en la vida y en nuestra vivencia con los demás.

         Jesús expresa una enseñanza maravillosa: Dios concede generosa e inmerecidamnente la gracia del perdón, pero trata con rigor y severidad a los que no saben perdonar. Esta enseñanza adquiere especial relieve en la parábola de los dos deudores que hoy aparecen en el Evangelio. Es una parábola en la que el rey, representando a Dios, concede el perdón de una deuda tan grande y no deja dudas sobre lo ilimitado de la generosidad y la misericordia divinas. Pero, atendamos bien: la historia no se detiene aquí, sino que contrapone el gesto de la misericordia del rey (Dios) a la implacable conducta del servidor, sin tener en cuenta la gracia que a él se le ha sido concedida; el deudor perdonado se convierte en un acreedor crudel y despiadado. De ahí, la reacción del rey, que le hace sentir todo el peso de la justicia.

         El final de la parábola tiene una afirmación llamativa en todos lo sentidos: <Lo mismo hará con vosotros mi Padre del cielo si cada cual no perdona de corazón a su hermano>. La disponibilidad para practicar la misericordia es lo que se exige como la cosa más evidente a los que han experimentado la sobreabundante misericordia de Dios. La vida de los cristianos se funda en la infinita gratuidad del amor de Dios; la razón de todo está en la respuesta de amor. En esta línea nos indicará san Pablo: “Uno que ama su prójimo no le hace daño; por eso amar es cumplir la ley entera”.

         La experiencia personal, sobre todo, cuando hay sinceridad de corazón y plena conciencia del perdón de Dios, nunca puede quedar ni en el olvido ni en el vacío. Siempre es bendición divina y, como tal, conlleva la conciencia a hacer realidad la lección del salmo: “El Señor es compasivo y misercordioso, lento a la ira y rico en clemencia”. Valorar el camino de la vida desde esta invitación es vivir en plena conciencia de la misericordia divina y seguir creyendo y creando una atmósfera interna en la cual se valora, se vive y se goza la paz interior, la que el Señor nos concede.

         En la vida necesitamos recorrer el camino de nuestro interior y no dejar de reconocer siempre el mal que anida en nuestro corazón, nuestro propio pecado, y acoger y perdonar el de los demás. Un camino que aprendemos en Jesús y que da a nuestras personas un signo de agradecimiento al Señor proviene solamente de la humildad y de la fe. 

RESPUESTAS desde NUESTRA REALIDAD

         En la experiencia de la vida cristiana se expresa siempre la misericordia infinita de Dios que se vuelca con amor y con paciencia inimaginable en el corazón de cada uno. Todos tenemos experiencia de ello pero, ¿hasta qué punto nos planteamos que nosotros debemos seguir en la misma expresión de Él? Es maravilloso sentir en nuestro interior la gracia del perdón que el Señor nos concede siempre que lleguemos a Él llenos de fe. Dios nos limpia el corazón y nos envía como Padre de todos a ser sus testigos llevando a los demás la experiencia de nuestro perdón y de nuestra humildad.

ORACION

         Míranos, oh Dios, creador y guía de todas las cosas, y concédenos servirte de todo corazón, para que percibamos el fruto de la misericordia. Por J. N. S.

PENSAMIENTO AGUSTINIANO

            «Por tanto, si tu hermano peca contra ti siete veces al día y viene a decirte que se arrepiente, perdónale». No te hastíes de perdonar siempre al que se arrepiente. Si no fueras también tú deudor, podrías ser impunemente un severo acreedor; pero si tienes un deudor, tú que eres también deudor y de quien no tiene deuda alguna, pon atención a lo que haces con el tuyo. Escucha y teme: «Llénese de gozo mi corazón -dijo- para que sienta temor a tu nombre». Si te alegras cuando se te perdona teme el no perdonar por tu parte. El mismo Salvador manifestó cuán  grande debe ser tu temor al proponer en el evangelio la parábola de aquel siervo a quien su señor le pidió cuentas y le encontró deudor de cien mil talentos. Mandó venderlo a él y «cuanto poseía para qué le fuesen devueltos» (San Agustín en  Sermón 114 A, 2,5).

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