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¡Es el Señor! Es la exclamación verdadera y sincera que nace del apóstol Pedro en el evangelio de hoy y que, ojalá, fuera nuestra oración diaria para que nuestro camino tenga siempre, la orientación de la gracia que, es realidad en nosotros, y nos lleva adelante en la fe.
Fr. Imanol Larrínaga, OAR - 04/05/2019

                Jesús se presenta ante los suyos en un contexto de vida normal, cuando ellos están ocupados en su tarea cotidiana; dedicados a la pesca; han estado toda la noche bregando y no han conseguido nada. Por nuestra parte, planteemos una pregunta: ¿Qué conciencia tenemos sobre si el Señor se puede presentar ante nosotros en cualquier momento?

            Nuestra vida tiene su fondo y su expresión. Por un lado, nos parece real la fe en nosotros y, sin embargo, en un examen sincero, descubrimos lo común en relación con la fe y, sin una expresión de gracia y de novedad. ¿Cuántas veces somos capaces de expresar: Te ensalzaré, Señor, porque me has libradoEl Señor no es un algo; es la razón de nuestra vida y, además, requiere por nuestra parte, una actualidad verdadera, so pena de quedarnos al margen de tanta gracia como Él nos concede. Acercándonos al evangelio de hoy, se nos plantea la necesidad que tenemos de apreciar y estimar al Maestro para exclamar con alegría: ¡Es el Señor!Analicemos el ritmo de nuestra vida de fe: ¿llegamos alguna vez a la convicción de que el Señor está con nosotros?

            Cada uno tenemos nuestro aire y, también, la posibilidad de creer y expresar a Dios desde nuestra vida. Para ello, es necesario valorar un gran misterio, que es realidad: Señor, sacaste mi vida del abismo, me hiciste revivir cuando bajaba a la fosa. Sentir y vivir esta donación de Dios en nosotros, nos lleva a descubrir que hay que obedecer a Dios antes que a los hombresSentir la libertad de los hijos de Dios, es experimentar que la voluntad divina nos proporciona vida. Todo esto, lo recibimos cuando no nos resistimos a la acción del Espíritu de Dios que nos regala todos sus dones.

            La vida cristiana es un don de Dios, pero exige conciencia y escucha para poder constatar que en nuestro corazón se consolida, día a día, la acción del Espíritu Santo. El evangelio nos proporciona una escena, real siempre en nuestra vida, y cómo nos pregunta el Señor: ¿me amas más que estos?El maestro se dirigía a Pedro, pero, es también, una ocasión de encontrar una respuesta, la de Pedro, que, ojalá tuviera una manifestación verdadera también en nosotros: Señor, tú conoces todo, tú sabes que te quiero.Afirmación que nace desde el corazón y certifica la verdad desde nuestro interior. A la vez, tenemos que reconocer que el fuego del Espíritu es el que calienta, alienta e ilumina nuestra vida en un clima que es más proveniente de la gracia que desde nuestro esfuerzo.

            En la vida tenemos ocasión constante de escuchar en el corazón la invitación de Jesús: Sígueme. Se lo planteó directamente al apóstol Pedro, pero también la dirige a nosotros para que, con nuestra vida en la fe, seamos sus testigos de excepción en la acción divina. Él ha realizado todo en nosotros y nos plantea cómo ser testigos suyos en medio de un mundo que necesita escuchar y creer la gracia del Señor.

 

RESPUESTA desde NUESTRA REALIDAD

            ¡Qué grito de fe y, a la vez, tan lleno de agradecimiento, encontramos en el evangelio de hoy en la expresión de los dos discípulos! Ha costado mucho llegar a esa convicción durante el camino en el cual ha aparecido el Resucitado y, cómo Él ha hecho sentir en el corazón de los discípulos su presencia y su identidad. La realidad del misterio del evangelio es como una luz impresionante que aparece hoy para que quien quiera encontrar la fe en la verdad y en el amor, tendrá siempre la presencia del Hijo de Dios que estará siempre cerca a quien siente necesidad de Luz verdadera. El camino exige fe y humildad, actitud de pensar que Dios siempre está junto a quien quiere la verdad y el amor.

 

ORACION

            Que tu pueblo, Señor, exulte siempre al verse renovado y rejuvenecido en el espíritu, para que todo el que se alegra ahora de haber recobrado la gloria de la adopción filial, ansíe el día de la resurrección con la esperanza cierta de la felicidad eterna. Por J, N. S. Amén.

 

PENSAMIENTO AGUSTINIANO

            Todos, pues, amamos a Cristo y somos miembros suyos. Cuando Él confía las ovejas a las pastores, el número total de los pastores se reduce al cuerpo del único pastor. Pedro es ciertamente pastor, pastor sin duda; pastor también es Pablo, pastor sin duda; pastor es Juan, Santiago, Andrés; pastores son los restantes apóstoles. Todos los obispos santos son ciertamente pastores, nadie lo duda. Y, ¿cómo es cierto eso: «Y habrá un solo rebaño y un solo pastor?». Si es cierto que habrá un solo rebaño y un solo pastor, todo el número incontable de pastores se reduce al cuerpo del único pastor. Pero en él estáis también vosotros; sois sus miembros. Sus miembros pisoteaba aquel Saulo, primero perseguidor luego predicador, ansioso de destruir la fe, cuando la cabeza clamaba en favor de sus miembros.(san Agustín en Sermón 229 N.)

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