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Después de una semana de Pascua, debemos sentir el deseo de testimoniar con nuestra vida que Jesús ha resucitado verdaderamente. Deberíamos ser más conscientes con haber nacido en la Pascua y ser criaturas nuevas para difundir la luz del Resucitado.
Fr. Imanol Larrínaga, OAR - 26/04/2019

        El evangelio afirma con insistencia que los discípulos vieron a Jesús resucitado y por ello creyeron. Y, ¿nosotros? ¿Qué manifestamos después de una semana que recordamos y vivimos la Pascua? Creer en Jesús como el Mesías que nos libera y salva de toda opresión, engaño y vanidad.

            Escuchar, al igual que los apóstoles, Paz a vosotroses presencia salvadora, es Él mismo que nos lo dice y eleva así nuestra fe en un grito: Señor, danos la salvación; Señor, danos prosperidad. No se puede tener un acto mayor y más total, y amanece Él y llega a nosotros dándose a sí mismo. Es ocasión necesaria para nosotros; al par de lo que sienten los apóstoles, debemos manifestar nuestra fe y nuestra alegría al creer que nunca estamos solos: Este es el día que hizo el Señor, sea nuestra alegría y nuestro gozo.

            Al vivir este momento y, al igual que los discípulos, hagamos un acto de fe: es el Espíriritu quien nos capacita para seguir en el ámbito que el Señor nos quiere hacernos testigos suyos y con la alegría que nos llena la presencia del Hijo de Dios, el cual nos invita a seguirle y manifestar el reino de los cielos. Conocer la victoria de Jesús, conlleva desde nuestra fe, a aceptar el primer don del Espíritu que los cristianos recibimos en el bautismo.

            A veces, se puede pensar que la Resurrección es una fiesta que aparece en escena después de la muerte en el Calvario. El evangelio nos dice que el hecho sorpendente de la resurrección dejó asombrados a los apóstoles que, poco a poco, vieron y creyeron. Ellos nos enseñan a nosotros con su propia vida y ellos creyeron y acomodaron su existencia a toda la humanidad, llamando a participar de la propia resurrección de Cristo.

            Una pregunta: ¿creemos en la Resurección del Señor? A Tomás se le preguntó: ¿Porque me has visto, has creído? Dichosos los que crean sin haber visto. ¿Cuál es nuestra actitud interior ante el misterio de la Resurrección? La pregunta no es de paso sino que afecta al total del cristianos que, una vez bautizados, se convierten en testigos suyos. Al menos, a nosotros, nos cabe la esperanza firme de esa bienaventuranza que es posible, gracias al testimonio vivo que nos brindan los que vieron y creyeron. A la vez, es una invitación a la gracia total que se nos concede una vez que hemos llegado a una confesión total de nuestras almas.

            A primera vista, parece que hemos dejado un tanto lejos al apóstol que dudó y, luego, supo y quiso confesar con fe profunda, diciendo: ¡Señor mío y Dios mío!. Es un buen momento de examinar nuestra fe y situarnos en el ámbito seguro de ser discípulos de Jesús; el discípulo no se puede quedar a medio camino ni medir a su estilo la respuesta que Jesús exige para seguir con Él. Tomás no necesitó más que ver a Jesús, abrir sus ojos limpios y reconocer a Jesús como a su Señor. El ejemplo de Tomás es, ante todo, seguir al Maestro, ser testigo fidedigno de la Resurrección y dar su vida por Él. Todos necesitamos entrar en el completo espíritu de Tomás y descubrir, para seguir a Jesús, que Dios no quiere el tiempo sino la totalidad de nuestro ser, convertirnos en sus testigos en la vida y en la muerte.

 

RESPUESTA desde nuestra REALIDAD

            Si nos preguntaran cuál es nuestra fe en el Resucitado ¿seríamos capaces de responder desde nuestra vida cristiana? La pregunta no va en sentido genérico sino en un examen interior de la fe cuya expresión debería ser clara y manifestante, capaz de suscitar un estilo de vida interior más allá de lo corriente. La presencia del Señor en nuestro interior no puede ser nunca un cumplido ya que la fe es la luz que debe clamar con fuerza en el corazón y hacernos sentir la constante presencia de la gracia que proviene de Dios. La Resurección del Señor debe elevar el nivel interior del cristiano y situarlo en un ambiente de fe que requiere la actitud noble de aceptar el regalo inmenso de un Dios que se hace historia visible y significativa en el misterio de la Resurrección.

 

ORACION

            Dios de misericordia infinita, que reanimas, con el retorno actual de las fiestas de Pascua, la fe del pueblo a ti consagrado, acrecienta en nosotros los dones de tu gracia, para que todos comprendan mejor qué bautismo nos ha purificado, qué Espíritu nos ha hecho renacer y qué sangre nos ha redimido, Por J. N. S. Amén.

 

PENSAMIENTO AGUSTINIANO

            La gracia cristiana. Proclámase esta gracia. Esta es la gracia de los cristianos donada por el hombre mediador, por quien padeció y resucitó, por quien subió a los cielos, por quien llevó cautiva la cautividad y concedió dones a los hombres. Proclámese, repito, esta gracia; no disputen contra ella los ingratos… Reconozcamos que también es gracia el don por el que fuimos creados, aunque en ningún lugar leemos que se denomine así. En efecto, nos fue dada gratuitamente. Pero demostraremos que es mayor ésta por la que somos cristianos. Antes de ser cristianos no merecíamos ningún bien, y por ello se puede hablar de la gracia por la que fuimos creados cuando nada merecíamos. Si, pues, fue grande la gracia cuando nada merecíamos, ¿cómo será aquella otra cuando merecíamos tanto mal? Quien aún no existía no merecía bien alguno; el pecador, en cambio, merecía mal. Aún no existía quien fue hecho; todavía no existía, pero tampoco había ofendido a Dios. Aún no existía, y fue creado; ofendió a Dios y fue salvado(san Agustín en Sermón 26, 12).

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