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Envía tu Espíritu, Señor, y repuebla la faz de la tierra.
Fr. Imanol Larrínaga, OAR - 07/06/2019

           He ahí la expresión más preciosa y total de este Domingo. Una solemnidad que da fin al tiempo pascual y, un día, en el que la fuerza creadora del Espíritu se derramó sobre los cimientos de la comunidad cristiana y constituyó la base indiscutible e imperecedera de su futura existencia: Y yo le pediré al Padre que os dé otro Paráclito, que esté siempre con vosotros.

            El misterio de Pentecostés es misterio de santidad, esto es, de entrega total a Dios. El Espíritu Santo es principio de unidad en medio de la diversidad y pluralidad de los pueblos; a todos, invita a ser pueblo de Dios; a nadie obliga a perder su propia identidad para identificarse con el proyecto de Dios. La venida del Espíritu Santo sobre la Iglesia naciente es la fuente y origen de toda la vida del pueblo de Dios, pero, es también, la fuerza que la hace crecer y mantener su fe. Siempre tendríamos que dirigirnos a Él y decirle: Desciende Santo Espíritu sobre la Iglesia y tocando con tu suave brisa las cuerdas de su corazón, haz desprender de ellas el canto de la libertad y de la alegría que dé voz a todos los pueblos de la tierra y los conduzca hacia un futuro de verdadera fraternidad y paz

            A la luz de la gracia que nos viene del Espíritu, encontramos la gracia de que vivir según el Espíritu es gozar de la paz y del bienestar que nos hacen humildes y fuertes en manifestar nuestra fe. En un mundo como el nuestro, en el que parece desaparecer el sentido y la realidad de la vida, nunca mejor creer y dar fuerza a la gran atracción que ejerce sobre nosotros la fuerza liberadora del Espíritu que en nada violenta nuestro ser y nos llena de paz.

            En una confesión de fe tenemos la certeza del Espíritu que es fuerza, motor, estímulo de cambio y de compromiso, viene y se queda, hace morada. Él es quien nos enseña todo y nos llena de vida. Y, aquí, una gran pregunta para nosotros: ¿creemos que el Espíritu sopla, anima y empuja nuestra vida? Lo contrario es nuestra falta de fe, un estilo de vida en la que no aparece el Señor como punto total de referencia y, además, por nuestra lejanía del Espíritu, aún, estando dentro de nosotros. En un mundo, como en el nuestro, donde se acentúa tanto el sentido de la propia capacidad y de los propios méritos, se nos plantea como auténtica verdad la acción del Espíritu que respeta la pluralidad del ser humano y afirma su voluntad libre sin forzarle nunca a que responda si no quiere. Esa es la grandeza de un Amor que se hace presente sólo donde hay amor y libertad para decir sí al Espíritu Santo.

            Los apóstoles vivieron la fuerza del Espíritu que les llevó a ser verdaderos testigos de Jesús y manifestadores de la verdad de Dios y su amor a la humanidad. Es cierto que la fuerza en el ser testigos de Jesús y anunciadores verdaderos del Evangelio no era fruto de sus personas sino de la presencia del Espíritu Santo en sus corazones. El Espíritu Santo inició así una nueva andadura de los discípulos de Jesús.

RESPUESTA desde NUESTRA REALIDAD

         El querer y poder orientar la fe es siempre una nueva andadura y motiva, por supuesto, la presencia de Dios que llega a nosotros y suscita, siempre con nuestra respuesta, una nueva visión de la vida en la fe. La gracia de Dios nunca nos falta y se hace presente como gracia verdadera y como llamada a abrir una realidad en la que el Señor es origen, fuerza y luz en nuestra vida. Cada uno necesitamos dar respuesta a la verdad y. a la vez, no estar contentos con nuestra propia expresión cuando, de hecho, el origen y la certeza de nuestra fe, viene siempre de Dios. Hoy es un día maravilloso para que, desde la fe verdadera, podamos decir: Ven Espíritu Santo, llena los corazones de tus fieles

 

ORACION

            Ven, Espíritu divino, manda tu luz desde el cielo. Padre amoroso del pobre, don en tus dones espléndidos: luz que penetra las almas; fuente del mayor consuelo.

            Ve, dulce huésped del alma, descanso de nuestro esfuerzo, tregua en el duro trabajo, brisa en las horas de fuego; gozo que enjuga las lágrimas y reconforta los duelos.

            Ven, Espíritu enviado por el Padre, en nombre de Jesús, el Hijo amado. Haz una y santa a la Iglesia para las nupcias eternas del Cielo.

 

PENSAMIENTO AGUSTINIANO

            Grata es para Dios esta solemnidad en que la piedad recobra vigor y el amor ardor, como efecto de la presencia del Espíritu Santo, según enseña el Apóstol al decir: «el amor de Dios se ha difundido en nuestros corazones mediante el Espíritu Santo que se nos ha dado». La llegada del Espíritu Santo significa que los ciento veinte hombres reunidos en el lugar se vieron llenos de Él. En la lectura de los Hechos de los Apóstoles escuchamos que estaban reunidos en una sala ciento veinte personas a la espera de la promesa de Cristo. Se les había dicho que permanecieran en la ciudad hasta que fuesen revestidos del poder de lo alto.(san Agustín en el Sermón 378).

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