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Mientras miraban fijos al cielo, los apóstoles vieron la gloria de Dios, aquella que se hizo verdad viva en la naturaleza humana de Jesucristo: Galileos, ¿qué hacéis ahí plantados mirando al cielo? El mismo Jesús que os ha dejado para subir al cielo volverá como le habéis visto marcharse
Fr. Imanol Larrínaga, OAR - 31/05/2019

         La Ascensión del Señor a los cielos es algo más que un detalle de la vida de Jesús; es un hecho teológico indiscutible y, como tal, debe ser considerado y celebrado por los cristianos.

            Es lógico, por nuestra parte, creer la Ascensión del Señor, pero solo, desde la culminación del paso de Jesús por entre nosotros, y anunciada por el mismo Jesús a sus discípulos, de la que pudieron hacer experiencia en la Transfiguración. La Ascensión de Jesús al cielo, lleva consigo la naturaleza humana junto con su naturaleza divina y nos abre un horizonte espléndido a los cristianos ya que no quedaremos definitivamente encerrados en las dimensiones limitadas de una visión puramente natural de la vida.

            La Ascensión no nos permite quedarnos mirando al cielo; Jesús asciende a los cielos y los apóstoles son testigos de que ya no le van a ver entre ellos, pues se ha elevado por encima de todos los elementos terrenales. Jesús hace una recomendación a sus discípulos, recordándoles que Él ya ha cumplido la tarea del Padre en este mundo y que, por eso, vuelve al Padre y allí les va a preparar un lugar. Ha llegado el momento en que Jesús desaparece adentrándose en los cielos. La Ascensión, como experiencia de la ausencia física de Jesús entre los Apóstoles, es la afirmación de su trascendencia, de su incorporación gloriosa en el reino del Padre.

            A los Apóstoles les tocó la tarea de continuar la obra de Jesús a sabiendas de que el destino final está en el cielo. Para nosotros, vivir en cristiano es responder con optimismo ante cualquier situación existencial, ya que ni siquiera la muerte nos permitirá toda visión rastrera, que solo estime y aprecie los bienes de la tierra. Vivir en cristiano es responder con optimismo ante cualquier situación existencial ya que ni siquiera la muerte nos puede privar de ese gran regalo que Dios nos concedió al garantizarnos una participación de la gloria de su Hijo. Tener conciencia de nuestra dimensión celeste, ya garantizada por la ascensión del Señor Jesús, da fortaleza a nuestra vida en la fe cristiana y nos llena de paz.

            La Ascensión aparece ante nuestros ojos como la culminación del paso de Jesús entre nosotros y cómo Él deja su amor, su paz, su presencia. La vida de la comunidad apostólica empieza con la ascensión de Jesús a los cielos. Sin su presencia, su vida cambia y adquiere un carácter evangelizador reforzado por la fuerza del Espíritu Santo. La Ascensión del Señor a los cielos ha dejado en la tierra su obra acabada. Como Maestro perfecto ha enseñado a sus discípulos a vivir cumpliendo la voluntad del Padre:No se haga mi voluntad sino la tuya.

 

RESPUESTA desde NUESTRA REALIDAD

            El misterio de la Ascensión a los cielos conlleva una gran enseñanza a nuestra vida. Su muerte y su resurrección nos ha liberado de la esclavitud a la que nos sometió el pecado de Adán. Jesús resucitado es garantía de vida para la humanidad que crea en Él, y lo dejará patente llevándose consigo al cielo esa humanidad reconciliada con Dios. Su ascensión se convierte en garantía de nuestro acceso a Dios. Para nosotros es el gran momento de situarnos en la misma actitud de los apóstoles: creer la resurrección del Señor y esperar con fe la venida del Espíritu que será en nuestra vida Luz y Verdad. El misterio de la Ascensión es para nosotros la llamada de la gracia al corazón: Sabed que yo estoy con vosotros hasta el fin del mundo.

 

ORACION

            Concédenos, Dios todopoderoso, exultar de gozo y darte gracias en esta liturgia de alabanza, porque la ascensión de Jesucristo, tu Hijo, es ya nuestra victoria, y donde nos ha precedido él, que es nuestra cabeza, esperamos llegar también nosotros como miembros de su cuerpo. Por J. N. S. Amén.

 

PENSAMIENTO AGUSTINIANO

            Veamos lo que les dijo: «Porque convenía que Cristo padeciera y resucitara al tercer día de entre los muertos y que se predicase en su nombre la penitencia y el perdón de los pecados por todos los pueblos comenzando por Jerusalén» (Lucas 24, 46). Tened en cuenta que los discípulos no sólo vieron a Cristo después de su resurrección, sino que también oyeron de su boca que, según la Escritura, así tenía que suceder. Nosotros no hemos visto a Cristo presente en su carne, pero escuchamos a diario las Escrituras, con las que también ellos fueron fortalecidos. ¿Qué les dijo a propósito de las Escrituras? «Que se predicase en su nombre la penitencia y el perdón de los pecados por todos los pueblos comenzando por Jerusalén». Esto no le veían los discípulos; solo veían a Cristo que hablaba de la Iglesia futura. Mas por la palabra de Cristo creían lo que veían. Veían a la Cabeza, pero aún no el cuerpo; nosotros vemos el cuerpo, pero creemos lo que se refiere a la Cabeza(san Agustín, Sermón 229, 1, 2).

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