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La referencia del título tiene un sentido incomparable y es una afirmación a la cual corresponde un acto de fe: el AMOR, con mayúscula, es capaz de edificar esta sagrada familia: el amor eterno, como el del Hijo de Dios al que se unen María y José en el Espíritu. De aquí, una consecuencia: solamente uniéndonos en el Espíritu alcanzaremos la alegría del amor.
Fr. Imanol Larrínaga, OAR - 27/12/2018

Para un cristiano, su unidad con Dios, es la experiencia fundamental de su vida: de ahí arranca su razón de ser y de vivir, su enfoque verdadero con los demás y el margen continuo de ser testigo de Quien ha iniciado la nueva vida y la lleva hasta el final. La solemnidad de hoy está en unión con lo que vamos celebrando desde la Navidad y, a la vez, es un punto de partida para siempre desde la familia de Jesús, cuya fiesta hoy celebramos. 

El evangelio nos pone de relieve la angustia de María y de José, al constatar que han perdido a su hijo. Jesús no pide permiso a sus padres, de aquí en la tierra, para atender las cosas de Dios. Y es que la Sagrada Familia: Jesús, María y José, son la realización ejemplar de la verdadera familiaridad que Dios brinda al hombre. Al fin y al cabo, es la manifestación más plena del salmo de hoy: dichosos los que viven en tu casa, alabándote siempre.

Nuestra forma de vivir tiene siempre, aun viviendo en familia,  la necesidad de una convición total de ser y de seguridad como fruto que ha sido de un amor bendecido por Dios. Este es el punto de partida para nacer, vivir, crecer y amar. El cristiano debe siempre, en línea cristiana, tener presente a Dios y su responsabilidad personal al precepto que forma parte de la Ley y ordena honrar padre y madre. El evangelio de hoy, si bien afirma claramente esa responsabilidad personal del pequeño Jesús y su limitada autonomía frente a sus padres, también deja claro que Jesús, al encontrarse de nuevo con sus padres,  bajó con ellos a Nazaret y siguió bajo su autoridad.

            La referencia a Jesús en relación con sus padres es la maravillosa lección por siempre y para siempre. En una sociedad, como la de hoy, deberíamos tener presente que Dios, en quien creemos los que seguimos a Jesús, nos ha educado en un criterio muy claro. No olvidemos lo que se dice de Jesús: creció en sabiduría, en estatura y gracia ante Dios y los hombres. Esta referencia tan clara y tan verdadera es una llamada a todos nosotros para servirnos como ejemplo y como necesidad ya que si todos nosotros sostuviéramos los pasos desde el principio, nuestra vida cristiana daría un salto, saliendo muchas veces de nuestro letargo. Estamos en Navidad y este misterio nos puede llevar a un planteamiento distinto en la fe: guardar en el corazón el misterio que se manifiesta en estos días, anunciándonos el nacimiento del Hijo de Dios. Desde ahí, se deduce un “mañana” que no olvide la presencia de Dios y, que sea paso necesario para el camino de la salvación. 

RESPUESTA desde NUESTRA REALIDAD

            En estos días, nos parece más fácil a los cristianos, acercarnos al misterio del Señor y, sin embargo, no podemos olvidar que el verdadero  desafío nuestro está en recuperar la fe en Dios. La Navidad es bonita y, sin embargo, es misterio para siempre, es Luz verdadera y motivo de centrar nuestras personas en un clima de lo eterno, de valoración de la fe y, de una manera particular, en la comunión con Dios. Aquí se encuentra la buena noticia de la luz, de la alegría, de la liberación y de la paz. No cabe, por tanto, caminar sólo a nuestro estilo, a dejarnos solo despertarnos por las variantes que puedan ocurrir; recordemos que, ante Dios, no podemos jugar a medias tintas. Es clara la llamada del salmo con referencia al Señor: dichosos los que viven en tu casa, alabándote siempre. Dichoso el que encuentra en ti su fuerza y tiene tus caminos en su corazón (salmo responsorial 83).

ORACION

            Oh Dios, que nos has propuesto a la Sagrada Familia como maravilloso ejemplo, concédenos, con bondad, que, imitando sus virtudes domésticas y su unión en el amor, lleguemos a gozar de los premios eternos en el hogar del cielo. Por nuestro Señor Jesucristo. Amén.    

PENSAMIENTO AGUSTINIANO

            Cuando le dijo María a Jesús en el templo: «¿por qué nos has hecho esto? Tu padre y yo, con dolor, te estábamos buscando». Y él responde: ¿No sabíais que conviene que yo me ocupe de las cosas de mi Padre? Aunque era hijo de ellos, no quería serlo en forma que excluyese el ser Hijo de Dios. Hijo de Dios, en efecto, Hijo de Dios desde siempre, él los creó a ellos. Hijo del hombre, en cambio, en el tiempo, nacido de una virgen sin semen material; a uno y a otro, sin embargo, tenía como padres.¿Cómo lo probamos? Ya lo dijo María: «tu padre y yo, con dolor, te estábamos buscando». ¡No hay que pasar por alto la santa modestia de la virgen María! (san Agustín en Sermón 51, 17-19).

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