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Hay que sentir siempre la necesidad de un tiempo nuevo, de un camino nuevo, de una ilusión nueva… De otra manera ¿qué sería de nuestra vida? Si hay algo que arrincona a la persona en un pasotismo, en una incoherente visión ajena, es precisamente la carencia de un horizonte.
Fr. Imanol Larrínaga, OAR - 10/01/2019

          Es cierto que el horizonte se vislumbra bastante crudo en el tiempo y en las realizaciones personales pero también es verdad que, en razón de unas convicciones fundamentales y de una conciencia recta, el camino nuevo se percibe como tiempo y espacio a emprender.

            Todo esto lo sugiere providencialmente el misterio del Bautismo del Señor, cuya fiesta hoy celebramos. Fiesta que, por otro lado, es providencial por distintos motivos: marca un sentido nuevo al creyente y, por otro lado, reafirma la condición propia del cristiano en su ser y en su misión en el mundo. Lo del ser viene corroborado por la oración colecta: “Señor, Dios nuestro, cuyo Hijo se manifestó en la realidad de nuestra carne; concédenos, poder transformarnos internamente a imagen de aquel que hemos conocido semejante a nosotros en su humanidad”. Lo del hacer se plasma en las palabras del apóstol Pedro: “me refiero a Jesús de Nazaret, ungido por Dios con la fuerza del Espíritu Santo, que pasó haciendo el bien y curando a los oprimidos por el diablo; porque Dios estaba con él” (Hechos 10, 38). La síntesis es total y, además, necesaria en su comprensión y en su testimonio; el creyente encuentra en Jesús la realización de su persona y, también, la forma concreta de manifestar el seguimiento del Maestro.

            El Hijo de Dios vino a señalar el camino de los hombres y quiso plasmarlo claramente con el ejemplo de su vida para que “los hombres reconociesen en él al Mesías, enviado a anunciar la salvación a los pobres” (Prefacio). Y ¿cómo anunciar la salvación? Con una doctrina siempre viva, vibrante, precedida por el propio ejemplo. O sea, nos enseñó con su vida y su muerte como en sus mismas palabras. Por eso comienza su vida pública sometiéndose al bautismo de penitencia que Juan predicaba. Sólo así Él nos puede exhortar a la conversión, al reconocimiento de nuestros pecados y al enfoque de la vida desde la fe.

            El adentrarnos en el bautismo administrado por Juan a Jesús en el Jordán es un momento especial para comprender el Evangelio. Los apóstoles comenzaban la narración de los hechos y dichos del Señor a partir de este acontecimiento: “mirad a mi siervo, a quien sostengo; mi elegido, a quien prefiero. Sobre él he puesto mi espíritu, para que traiga el derecho a las naciones…” (Is 42, 1-2). Y el misterio del Bautismo de Jesús nos adentra en nuestro propio misterio: en Cristo encontramos el Maestro a quien escuchar e imitar, el Maestro que nos enseña cuál es y cómo debemos realizar nuestra misión en el mundo. El Bautismo de Jesús no es, pues, solo un recuerdo que anualmente vivimos y celebramos al finalizar el tiempo de la Navidad; es, más bien, el punto de partida para nuestra identidad cristiana y también para vivir con una conciencia de hijos de Dios ya que hemos “renacidos del agua y del Espíritu Santo”.

            Toda la realidad del bautismo que Jesús ofrece a los hombres se encuentra contenida de una forma completa en su propio bautismo. La abertura del cielo no es signo del final del tiempo sino un medio necesario para que descienda el Espíritu. Todo se centra en el Espíritu y en la voz del Padre que proclama a Jesús como su hijo. Aquí se centra la base y el sentido del bautismo de la Iglesia. De ahí se deduce que nosotros somos cristianos porque descubrimos en Jesús el amor del Padre que le envía y la fuerza del Espíritu que actúa por medio de su obra; además, aceptar el bautismo significa recibir el Espíritu de Jesús como la verdad definitiva, el juicio de Dios sobre la historia. El Bautismo nos configura con Cristo, infundiéndonos la fe, la esperanza y el amor, así como los dones del Espíritu Santo que nos convierten en templos de la Santísima Trinidad y miembros vivos del Cuerpo místico de Cristo.

            Meditemos: “Juan había recibido un bautismo que precisamente fue llamado bautismo de Juan; pero Jesucristo el Señor no quiso entregar a nadie su bautismo. Y esto no porque ninguno sea bautizado con el bautismo del Señor, sino porque siempre y solamente es el Señor quien bautiza. Es el Señor quien bautiza por medio de sus ministros. Esto significa que quienes iban a recibir el bautismo de manos de los ministros del Señor, iban a ser bautizados por el Señor, no por los ministros. Una cosa es bautizar como ministros y otra con potestad propia. El bautismo vale tanto como vale aquel en cuyo nombre se confiere, y no tanto cuanto vale quien, como ministro, lo otorga. El bautismo de Juan valía cuanto valía Juan… El bautismo del Señor, en cambio, valía tanto cuanto el Señor: era, por tanto, un bautismo divino, porque el Señor es Dios” (San Agustín en el comentario al evangelio según san Juan 5, 3-6).

            Necesitamos reflexionar sobre el dinamismo bautismal para no replegarnos en horizontes limitados; los hijos de Dios estamos llamados a ser luz del mundo y sal de la tierra. Siempre, pero especialmente en un Año de la Fe, hay que estar muy atentos para que por negligencia o por condescendencia con el mundo nos privemos de la hermosa experiencia de ser hijos de Dios y miembros de la Iglesia. La fe nos ilumina el camino cristiano al enseñarnos que todas las vicisitudes cristianas han de contemplarse a la luz de la eternidad en un impulso constante de esperanza y amor. Con la gracia de Cristo llegamos al conocimiento de la Verdad.
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