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Vivencia de la espiritualidad agustino recoleta por el laico del tercer milenio
Administrador - 20/03/2009
"Que el Señor os conceda cumplir todo esto movidos por el amor, como enamorados por la belleza espiritual, y exhalando el buen perfueme de Cristo con vuestra ejemplar convivencia; no como esclavos sometidos a la ley, sino con la libertad de los constituid
El P. Miguel Miró, vicario general de la Orden.
(95 Kb)
VIVENCIA DE LA ESPIRITUALIDAD
AGUSTINO-RECOLETA
POR EL LAICO DEL TERCER MILENIO
IV Encuentro nacional
Fraternidad seglar OAR-España

Fr. Miguel Miró, OAR


«Felicitémonos y seamos agradecidos; se nos ha hecho llegar a ser no sólo cristianos, sino Cristo mismo. ¿Os dais cuenta, hermanos, comprendéis lo que Dios ha hecho? Es para que os llenéis de admiración y de alegría. Se nos ha hecho llegar a ser Cristo mismo» (SAN AGUSTÍN, Tratados sobre el Evangelio de San Juan 21, 8).

Introducción
Con el deseo alentar a los hermanos y hermanas de las fraternidades seglares a vivir con esperanza la vida espiritual agustino recoleta, me atrevo a tratar este tema. Me tranquiliza que luego cada fraternidad expondrá su vivencia, sin duda mucho más rica que mis palabras. Mi reflexión no va a aportar novedades, desearía que fuera como el boceto de una pintura a la que vosotros vais a dar vida y color. Pido al Padre del cielo que os conceda la sabiduría del corazón para experimentar su amor y reconocer con humildad sus dones.

Comenzaré esta exposición considerando la Iglesia como misterio de comunión. A continuación veremos el sentido que tiene la vida espiritual y como los laicos están llamados a crecer en la fe y el amor. Indicaré la vitalidad de las asociaciones laicales en nuestro tiempo y el deseo de compartir la espiritualidad y la misión de los institutos de vida consagrada. Señalaré luego algunos rasgos de la espiritualidad agustino-recoleta recogidos en la Regla de vida y por último propondré cuatro retos eclesiales a nuestra espiritualidad.


1. La Iglesia casa y escuela de comunión
Los fieles laicos, juntamente con los sacerdotes, religiosos y religiosas, constituyen un único pueblo de Dios y cuerpo de Cristo. En la Iglesia todos sus miembros tienen la misma dignidad por su nuevo nacimiento en Cristo, la misma gracia de hijos, una misma fe y un amor sin divisiones. Aunque en la Iglesia haya diversidadde ministerios y carismas todos sus miembros están llamados a la santidad y a la unidad en Cristo. La Iglesia hay que verla como pueblo de Dios y con una misión en el mundo. Con esta perspectiva todo se ve y se vive de modo diferente. Lo expresa muy bien san Agustín: «Cuando me aterra lo que soy por vosotros, entonces me consuela lo que soy con vosotros. Para vosotros, en efecto, soy obispo con vosotros soy cristiano. Aquél es el nombre del cargo, éste el de la gracia; aquél, el del peligro; éste, el de la salvación».

Para plantearnos la vida espiritual de los laicos en nuestro tiempo y su relación con los sacerdotes y religiosos tenemos que repensar el modelo de iglesia que hemos heredado y sus categorías interpretativas. Se puede tener una idea de cuerpo compacto y orgánico que pone la centralidad en lo sagrado y en la función del sacerdote que dirige y organiza o se puede pensar en una iglesia que forma una comunidad de hermanos que se sirven en un camino de reconciliación y reciprocidad. Hay modelos de Iglesia que hacen difícil la comunión. En ellos se privilegia la sumisión a la comunión entre hermanos y hermanas. A veces surgen bloqueos que dificultan la relación y se adoptan posturas autoritarias o de una sumisión contraproducente... es necesaria la humildad y ponerse siempre en camino de conversión.

El camino para afirmar la propia identidad en la Iglesia no es la confrontación ni la oposición, sino la correlación con las demás formas de vida cristiana y ministerios. Ya nadie puede afirmar su identidad dentro de la Iglesia marcando separaciones, ni superioridades, sino respondiendo a una llamada que es convocación y corresponsabilidad en la misión evangelizadora. La Iglesia es simultáneamente una realidad carismática e institucional, visible e invisible, divina y humana, teológica y jurídica, mística y social. Tanto los dones jerárquicos como los carismáticos proceden del Espíritu y son llevados a plenitud por el mismo Espíritu. Hay que superar las dicotomías de dones jerárquicos y carismáticos, hay que resaltar con fuerza que unos y otros proceden del Espíritu de Cristo.

«Esta perspectiva de comunión está estrechamente unida a la capacidad de la comunidad cristiana para acoger todos lo dones del Espíritu. La unidad de la Iglesia no es uniformidad, sino integración orgánica de las legítimas diversidades. Es la realidad de muchos miembros unidos en un sólo cuerpo, el único Cuerpo de Cristo (cf. 1 Co 12,12). Es necesario, pues, que la Iglesia del tercer milenio impulse a todos los bautizados y confirmados a tomar conciencia de la propia responsabilidad activa en la vida eclesial. Junto con el ministerio ordenado, pueden florecer otros ministerios, instituidos o simplemente reconocidos, para el bien de toda la comunidad, atendiéndola en sus múltiples necesidades: de la catequesis a la animación litúrgica, de la educación de los jóvenes a las más diversas manifestaciones de la caridad».

«Todos los cristianos, de cualquier estado o condición, están llamados a la plenitud de la vida cristiana y a la perfección del amor... Para alcanzar esta perfección, los creyentes han de emplear sus fuerzas, según la medida del don de Cristo, para entregarse totalmente a la gloria de Dios y al servicio del prójimo. Lo harán siguiendo las huellas de Cristo, haciéndose conformes a su imagen y siendo obedientes en todo a la voluntad del Padre. En los diversos géneros de vida y ocupación, todos cultivan la misma santidad. En efecto, todos, por la acción del Espíritu de Dios, obedientes a la voz del Padre, cada uno según sus dones y funciones debe avanzar con decisión por el camino de la fe viva, que suscita esperanza y se traduce en obras de amor.

En esta época de cambios profundos y acelerados (GS 4,2) en la que muchos ya hablan de un cambio de época, es necesario estar abiertos a la acción del Espíritu Santo y tener los sentimientos de Cristo (Fil 2, 7-8). «Conviene, en efecto que en la Iglesia todos, realizando la verdad en el amor, crezcan en todo en El que es la Cabeza, Cristo. Por El todo el cuerpo compacto y trabado por todas las junturas que lo alimentan, con la actividad peculiar de cada uno de sus miembros, va creciendo como cuerpo, construyéndose a sí mismo por el amor»9. «Hacer de la Iglesia casa y escuela de comunión: éste es el gran desafío —recordaba Juan Pablo II— que tenemos ante nosotros en el milenio que comienza, si queremos ser fieles al designio de Dios y responder también a las profundas esperanzas del mundo».

2. Vida en Cristo, vida según el Espíritu
A todos los miembros de la Iglesia se les pide que profundicen y asuman la auténtica espiritualidad cristiana. En efecto, espiritualidad es un estilo o forma de vivir según las exigencias cristianas, la cual es la «vida en Cristo» y «en el Espíritu», que se acepta por la fe, se expresa por el amor y, en esperanza es conducida a la vida dentro de la comunidad eclesial. La espiritualidad, por tanto, no se limita a la oración o a la vida interior, ni está en contraposición con la vida familiar, la actividad social y el servicio de caridad, sino que busca una integración de todos los aspectos de la vida y la experiencia humana. Si bien hay que tener muy presente que para esta integración es necesaria una auténtica vida de oración y de relación personal con el Señor.

La vida espiritual es vida de gracia, vida en el Espíritu Santo. Se trata de dejarse configurar por Cristo (Fil 1, 21). La vida espiritual hace referencia a la misma identidad del cristiano. En este sentido por espiritualidad se entiende no una parte de la vida, sino la vida toda guiada por el Espíritu Santo «Si vivimos según el Espíritu, obremos también según el Espíritu» (Gal 5, 25).

De los documentos del Magisterio se desprende «una visión integradora y globalizante de espiritualidad, es decir, una visión que abarque, interpele e ilumine todos los aspectos de la vida del cristiano».

Podemos decir que la vida espiritual entendida como vida en Cristo, vida según el Espíritu, es como un camino de progresiva fidelidad, en el que todo cristiano es guiado por el Espíritu y conformado por él a Cristo, en total comunión de amor y de servicio a la Iglesia. Todos estos elementos, calando hondo en las varias formas de vida consagrada y de vida cristiana, generan una espiritualidad o camino peculiar, esto es, un proyecto preciso de relación con Dios y con el ambiente circundante, caracterizado por peculiares dinamismos espirituales y por opciones operativas que resaltan y representan uno u otro aspecto del único misterio de Cristo.

3. Los laicos llamados a crecer en la fe y el amor
«Con el nombre de laicos —así los describe la Constitución Lumen gentium— se designan aquí todos los fieles cristianos a excepción de los miembros del orden sagrado y los del estado religioso sancionado por la Iglesia; es decir, los fieles que, en cuanto incorporados a Cristo por el Bautismo, integrados al Pueblo de Dios y hechos partícipes a su modo del oficio sacerdotal, profético y real de Cristo, ejercen en la Iglesia y en el mundo la misión de todo el pueblo cristiano en la parte que a ellos les corresponde». La dignidad de los fieles laicos se nos revela en plenitud cuando consideramos esa primera y fundamental vocación, que el Padre dirige a todos ellos en Jesucristo por medio del Espíritu: la vocación a la santidad, o sea a la perfección de la caridad. La vocación de los fieles laicos a la santidad implica que la vida según el Espíritu se exprese particularmente en su inserción en las realidades temporales y en su participación en las actividades terrenas. En la atención a la familia y los otros deberes seculares los laicos viven su amor y ejercen con responsabilidad su misión. La unidad de vida de los fieles laicos tiene una gran importancia. Ellos, en efecto, deben santificarse en la vida profesional y social ordinaria. Por tanto, para que puedan responder a su vocación, los fieles laicos deben considerar las actividades de la vida cotidiana como ocasión de unión con Dios y de cumplimiento de su voluntad, así como también de servicio a los demás hombres, llevándoles a la comunión con Dios en Cristo.

Los fieles laicos han adquirido mayor conciencia de su puesto y su misión en el Pueblo de Dios. Sabemos que nos son «meros oyentes silenciosos» y son más reconocidos por sí mismos. Por su condición de bautizados se reafirma su condición de discípulos y testigos de Jesús resucitado, recorren caminos en la espiritualidad y comparten tareas en la pastoral vocacional, en la formación y en la evangelización, en la educación y en los que sufren enfermedad. La participación de la mujer, que debe ser cada vez más activa, aporta a la comunidad cristiana la experiencia de su fe con su peculiar intuición, sensibilidad, ternura y generosidad. La insistencia en la eclesiología de comunión ha logrado suscitar el entusiasmo a favor de la vocación y misión de los laicos: discípulos, testigos y apóstoles de Jesús en tantos campos de acción dentro de las diversas profesiones y actividades familiares, sociales, culturales, políticas y humanitarias.

En nuestro tiempo es urgente recordar que «todos los cristianos de cualquier clase y condición, están llamados a la plenitud de la vida cristiana y a la perfección del amor». Este ideal de perfección no ha de ser malentendido, como si implicase una especie de vida extraordinaria, practicable sólo por algunos «genios» de la santidad. Los caminos de la santidad son múltiples y adecuados a la vocación de cada uno. «En realidad se trata de expresar la convicción de que, si el Bautismo es una verdadera entrada en la santidad de Dios por medio de la inserción en Cristo y la inhabitación de su Espíritu, sería un contrasentido contentarse con una vida mediocre, vivida según una ética minimalista y una religiosidad superficial». No nos podemos quedar en palabras o ideales de perfección, hay que partir de nuestra situación concreta. Desdenuestra realidad personal, familiar y social para que, dóciles al Espíritu Santo, podamos crecer en la fe y el amor.

4. No extingáis el Espíritu...
Vamos a fijarnos ahora en los carismas de la vida consagrada y cómo estos carismas pueden ser compartidos por los fieles laicos. Las familias religiosas aparecen en la Iglesia como una planta llena de ramas que hunde sus raíces en el Evangelio y da frutos copiosos en cada época de la Iglesia19. Recordemos que cuando la Iglesia reconoce una forma de vida consagrada o una familia religiosa, garantiza que en su carisma espiritual y apostólico se dan todos los requisitos objetivos para alcanzar la perfección evangélica personal y comunitaria. La comunión en la Iglesia no es uniformidad, sino don del Espíritu que pasa también a través de la variedad de los carismas y de los estados de vida. Estos serán tanto más útiles a la Iglesia y a su misión, cuanto mayor sea el respeto a su identidad. En efecto, todo don del Espíritu es concedido con objeto de que fructifique para el Señor en el crecimiento de la fraternidad y de la misión.

Carisma es hoy la palabra más usada para indicar la realidad profunda que ha animado a cada fundador y fundadora y que continua animando cada instituto religioso. Si bien no es posible reducir el carisma a una fórmula, lo importante no es saberlo describir con todo detalle, sino vivirlo eficazmente, siendo fieles a la experiencia y misión originarias de fundador. «Cada instituto surge de un impulso carismático del Espíritu ofrecido a los fundadores y transmitido por ellos a sus discípulos. El carisma implica un modo específico de ser, una específica misión y espiritualidad, estilo de vida fraterna y estructura del instituto, al servicio de la misión eclesial. Este carisma, don del Espíritu, es impulso dinámico y se desarrolla continuamente en sintonía con el Cuerpo de Cristo en constante crecimiento; es confiado al instituto para ser vivificado e interpretado, para hacerlo fecundo y testimoniarlo en comunión con la Iglesia en los diferentes contextos culturales». El carisma es una gracia que no concierne sólo a un instituto, sino que incumbe y beneficia a toda la Iglesia.

El carisma es una forma concreta de lectura vivencia y realización del proyecto evangélico. Con frecuencia resulta difícil definir lo que especifica a un instituto religioso; lo es, sobre todo, si queremos hacerlo con criterios de aislamiento, porque la individualidad sólo se perfecciona en la relación. No podemos describir la personalidad de un individuo sino describiendo los componentes, facultades y actos con que pone en juego las posibilidades comunes de su naturaleza humana. «No es extraño, por lo tanto, que para definir un instituto religioso haya que acudir al patrimonio común del evangelio, a la vocación común, a la misión común y a los medios comunes de los que nace para todos la vida sobrenatural. Y sin embargo, del fondo de ese patrimonio común, como un estilo o forma particular de poseerlo, es de donde se alza la fuerza vital que constituye una identidad».

La comunión eclesial, presente y operante en cada iglesia particular y en las comunidades religiosas encuentra también una manifestación específica en las asociaciones de los fieles laicos. En estos últimos años el fenómeno asociativo de los laicos se ha caracterizado por una particular variedad y vivacidad Si bien se trata de «asociaciones muy diferenciadas, tienen una profunda convergencia: la de participar responsablemente en la misión que tiene la Iglesia de llevar a todos el evangelio de Cristo como manantial de esperanza para el hombre y de renovación para la sociedad. «La asociación de los fieles siempre ha representado una línea en cierto modo constante en la historia de la Iglesia, como lo testifican hasta nuestros días, las varias confraternidades y las terceras órdenes. Sin embargo, en los tiempos modernos este fenómeno ha experimentado un singular impulso, y se han visto nacer asociaciones, grupos, comunidades y movimientos. «Podemos hablar de una nueva época asociativa de los fieles laicos. En efecto, junto al asociacionismo tradicional, y a veces de sus mismas raíces, han germinado movimientos y asociaciones nuevas, con fisonomías y finalidades específicas. Tanta es la riqueza y versatilidad de los recursos que el Espíritu alimenta en el tejido eclesial, y tanta la iniciativa y generosidad de nuestro laicado».

«Hoy se descubre cada vez más el hecho de que los carismas de los fundadores y de las fundadoras, habiendo surgido para el bien de todos, deben ser de nuevo puestos en el centro de la misma Iglesia, abiertos a la comunión y a la participación de todos los miembros del Pueblo de Dios». Por tanto, desde esta perspectiva de comunión «es necesario descubrir cada vez mejor la vocación propia de los laicos, llamados como tales a «buscar el reino de Dios ocupándose de las realidades temporales y ordenándolas según Dios» y a llevar a cabo «en la Iglesia y en el mundo la parte que les corresponde con su empeño por evangelizar y santificar a los hombres». En la historia de la espiritualidad se han dado etapas con una fuerte presencia del laicado, pero a menudo dependiendo de formas y de espiritualidades religiosas o clericales. Es el caso de las diversas cofradías y órdenes terceras. Los movimientos eclesiales actuales, han nacido, con frecuencia, desde la base, de simples laicos y se difundieron entre el laicado, hasta constituir un fenómeno eclesial. Parten de una experiencia carismática vivida inicialmente por los fundadores y fundadoras y transmitida a sus seguidores para ser vivida, una experiencia dotada también de una emprendedora creatividad espiritual y apostólica. Tienen una característica impronta comunitaria y se desarrollan bajo el signo de la universalidad eclesial. Proponen una espiritualidad con base evangélica, bautismal, laical, con amplia referencia a la Palabra de Dios y a la presencia en el mundo, con el testimonio y la acción para la transformación de las estructuras sociales.

«En este sentido, tiene gran importancia para la comunión el deber de promover las diversas realidades de asociación, que tanto en sus modalidades más tradicionales como en las más nuevas de los movimientos eclesiales, siguen dando a la Iglesia una viveza que es don de Dios constituyendo una auténtica primavera del Espíritu. Conviene ciertamente que, tanto en la Iglesia universal como en las Iglesias particulares, las asociaciones y movimientos actúen en plena sintonía eclesial y en obediencia a las directrices de los Pastores. Pero es también exigente y perentoria para todos la exhortación del Apóstol: «No extingáis el Espíritu, no despreciéis las profecías, examinadlo todo y quedaos con lo bueno» (1 Ts 5,19-21).

5. Espiritualidad y misión compartidas
Actualmente la vida religiosa está siendo testigo de un fenómeno particular: los laicos se acercan a los institutos religiosos confesando abiertamente que sienten su espíritu carismático como propio, que desean compartir desde su condición de laicos su espiritualidad. No quieren dejar de ser lo que son, pero lo quieren ser con los miembros de dichos institutos. El fenómeno de asociación del laicado al apostolado de los religiosos no es nuevo, pero la petición de asociación carismática y espiritual desde diferentes formas de vida cristiana es un fenómeno que surge con fuerza en nuestro tiempo.

«Debido a las nuevas situaciones, no pocos Institutos han legado a la convicción, de que su carisma puede ser compartido con los laicos. Éstos son invitados por tanto a participar de manera más intensa en la espiritualidad y en la misión del Instituto mismo. En continuidad con las experiencias históricas de las diversas órdenes seculares o terceras órdenes, se puede decir que se ha comenzado un nuevo capítulo, rico de esperanzas, en la historia de las relaciones entre las personas consagradas y el laicado».

Ante esta situación han nacido iniciativas y nuevas formas institucionales de asociación a los Institutos. «Estamos asistiendo a un auténtico florecer de antiguas instituciones, como son las Órdenes seculares u Órdenes Terceras, y al nacimiento de nuevas asociaciones laicales y movimientos en torno a las Familias religiosas y a los Institutos seculares. Si, a veces también en el pasado reciente, la colaboración venía en términos de suplencia por la carencia de personas consagradas necesarias para el desarrollo de las actividades, ahora nace por la exigencia de compartir las responsabilidades no sólo en la gestión de las obras del Instituto, sino sobre todo en la aspiración de vivir aspectos y momentos específicos de la espiritualidad y de la misión del Instituto. Se pide, por tanto, una adecuada formación de los consagrados así como de los laicos para una recíproca y enriquecedora colaboración».

«Un apropiado contacto entre los valores típicos de la vocación laical, como la percepción más concreta de la vida del mundo, de la cultura, de la política, de la economía, etc., y los valores típicos de la vida religiosa, como la radicalidad del seguimiento de Cristo, la dimensión contemplativa y escatológica de la existencia cristiana, etc., puede convertirse en un fecundo intercambio de dones entre los fieles seglares y las comunidades religiosas. La colaboración y el intercambio de dones se hace más intenso cuando grupos de seglares participan por vocación, y del modo que les es propio, dentro de la misma familia espiritual, en el carisma y en la misión del instituto. Entonces se instaurarán relaciones fructuosas, basadas en relaciones de madura corresponsabilidad y sostenidas por oportunos itinerarios de formación en la espiritualidad del instituto».
 
La relación de comunión y colaboración no resulta siempre fácil, si por una parte se puede dar la intromisión de los laicos en cuestiones propias de la comunidad religiosa y se puede percibir una escasa preparación teológica, también es evidente que puede darse una «clericalización». Se da un predominio clerical cuando se tiende a acaparar las actividades y se organizan habitualmente los proyectos sin contar con los laicos, cuando no se promueve una espiritualidad acorde con la vocación laica e incluso cuando los mismos laicos no se preocupan por su formación y no asumen su responsabilidad.

El mismo vocabulario tradicional de orden tercera que en otro tiempo tenía su sentido hoy puede entenderse como «una posición subalterna, una participación a distancia». Se trata de superar las distinciones, las categorías de inferioridad y superioridad. Se hace necesario revalorizar las vocaciones laicales en el seguimiento radical de Cristo y su camino evangélico en comunión con el pueblo de Dios. «Si en otros tiempos han sido sobre todo los religiosos y las religiosas los que han creado, alimentado espiritualmente y dirigido uniones de laicos, hoy, gracias a una siempre mayor formación del laicado, puede ser una ayuda recíproca que favorezca la comprensión de la especificidad y de la belleza de cada uno de los estados de vida».

Para comprender la identidad de las asociaciones laicas asociadas a los religiosos y su lugar en la Iglesia es importante tener en cuenta la referencia que se hace en el Código de Derecho Canónico: «Se llaman órdenes terceras, o con otro nombre adecuado, aquellas asociaciones cuyos miembros, viviendo en el mundo y participando del espíritu de un instituto religioso, se dedican al apostolado y buscan la perfección cristiana bajo la alta dirección del instituto».

En la misma legislación eclesiástica se señala que todas estas asociaciones deben tener sus propios estatutos en los que se determina la finalidad, admisión, organización, actuación y colaboración apostólica con la diócesis39. Es significativo que en la referencia al apostolado de los institutos religiosos se encomienda a los superiores y demás miembros que mantengan fielmente la misión y obras propias de su instituto, pero también se indica que vayan prudentemente acomodándolas, atendiendo a las necesidades de tiempo y lugar, empleando también medios nuevos y oportunos. Se indica en el mismo Código que si los institutos tienen unidas a sí asociaciones, ayúdenlas con especial diligencia, para que queden informadas por el genuino espíritu de la familia.

La participación de los laicos en la espiritualidad y misión de un Instituto de vida consagrada facilita la difusión del carisma y ofrece nuevas energías y posibilidades para desarrollar la misión. En Vita consecrata Juan Pablo II llega a decir que «no es raro que la participación de los laicos lleve a descubrir inesperadas y fecundas implicaciones de algunos aspectos del carisma, suscitando a encontrar validas indicaciones para nuevos dinamismos apostólicos».

Vivencia de la espiritualidad agustino-recoleta
Hasta ahora hemos considerado la vocación de los laicos en la comunión de la Iglesia y planteado la oportunidad de vivir esta vocación participando del carisma de un instituto de vida consagrada. Vamos a centrarnos ahora en la «Fraternidad seglar agustino recoleta».

Los agustinos recoletos somos una orden religiosa formada por cerca de mil doscientos religiosos que viviendo la vida fraterna en comunidad queremos seguir a Cristo, casto pobre y obediente; buscar la verdad y estar al servicio de la Iglesia; esforzándonos en crecer en la caridad según el carisma de san Agustín y la intensidad propia de la Recolección, movimiento de interioridad y radicalidad evangélica. La Orden está formada por religiosos sacerdotes y religiosos hermanos, todos estamos llamados a la vida fraterna en la comunidad y juntos tenemos una misión específica que realizar. En nuestro carisma se distinguen tres aspectos que deben estar armónicamente unidos: la dimensión contemplativa, la vida comunitaria y la misión apostólica.

El carisma agustino recoleto es compartido por los monasterios de monjas agustinas recoletas, o segunda Orden, nacidas en el mismo tiempo y con las mismas aspiraciones espirituales que los primeros recoletos. Las hermanas con su vida contemplativa ponen de relieve esta dimensión fundamental de nuestro carisma. Las congregaciones de religiosas de vida activa Augustinian Recollect Sisters, Agustinas Recoletas del Corazón de Jesús y Misioneras Agustinas Recoletas conservando su propia identidad y misión forman parte de la familia agustino-recoleta. También los laicos pueden compartir el carisma participando en la espiritualidad y la misión de la Orden.

«La Fraternidad seglar agustino recoleta acoge a los cristianos que, impulsados por el Espíritu Santo a la perfección de la caridad, se comprometen a vivir el evangelio a la luz de la experiencia y de la espiritualidad de la Orden de agustinos recoletos. Sus miembros pertenecen plenamente a la familia agustino-recoleta y participan de su ideal, de sus gracias y de su fecundidad».

En las Constituciones de la Orden, síntesis y referencia del carisma, leemos: «Los religiosos promuevan la Fraternidad seglar agustino-recoleta (Tercera Orden Secular), cuyos miembros, permaneciendo en el mundo, tienden a la perfección evangélica según el carisma de la Orden, conservando su índole secular. Por la participación en el carisma, nace y se desarrolla la comunión con sus hermanos de Orden y con la jerarquía; así cumplen una misión común en la Iglesia y actúan como fermento en el mundo.

Considero que es importante para las fraternidades que sus miembros tomen conciencia de lo que son, reafirmen su identidad y su sentido de pertenencia y que desde su situación concreta crezcan unidos en la fe y el amor. Pertenecer a la fraternidad es un don del Señor y es un camino de vida espiritual. Por tanto, supone un compromiso personal de vida fundamentado en el amor que requiere oración, comunión con los hermanos y servicio de caridad. Los hermanos y hermanas de la fraternidad desean caminar juntos para vivir con fidelidad su seguimiento de Jesús. Tenemos que tener claro que la fraternidad no es una cofradía ni un movimiento eclesial aunque haya algunos elementos afines, en la fraternidad seglar se pretende vivir la propia vocación cristiana desde la espiritualidad agustino-recoleta. No se puede reducir la fraternidad a un grupo apostólico entre otros ni al grupo exclusivo de un religioso, la fraternidad es como la proyección del ser espiritual de la comunidad hacia aquellos laicos que desean compartir su carisma agustino recoleto.

Si nos fijamos en la historia de la Orden se nos habla de que hubo terciarias y terciarios en torno a algunos conventos de España a mediados del siglo XVII. Pero fue en las misiones del Extremo Oriente donde alcanzaron su mayor florecimiento, allí terciarias y terciarios filipinos vivían en estrecha comunicación con los misioneros recoletos, a los que sirven de intérpretes, maestros y catequistas. En Japón en torno a nuestros misioneros giran cientos de terciarios, de los cuales varias decenas sellaron su vida con la sangre del martirio. Magdalena de Nagasaki (1611-1634), canonizada en 1987, es su representante más excelsa.

En estos últimos lustros ha crecido entre nosotros, al igual que en otros institutos religiosos, la atención a los laicos de nuestro entorno. En 1984 la Santa Sede aprobó la Regla de Vida; en 1991 aparecieron el Manual y el Ritual; y en 1995 le llegó el turno a la Guía para erigir la Fraternidad. En esos textos ha quedado plasmada una idea de la Fraternidad más cercana a la teología y a la mentalidad actual, y a la vez más fiel al alma agustiniana de la Orden. No en vano nacían en un momento de creciente reflexión carismática. En los últimos años hay que destacar la celebración de retiros y encuentros nacionales o provinciales, así como algunas publicaciones propias. La historia revela la existencia de una relación profunda entre Orden Tercera y carisma. Cuando se cree en el carisma, se tiende a difundirlo e incluso se comunica sin pretenderlo.

Recordemos que «la denominación de Fraternidad Seglar ya se encontraban en el capítulo de 1974 aunque no llegó a imponerse. Este cambio, señala el P. Javier Ruiz —entonces prior general— no implicaba sólo un cambio de nombre. Por eso, a pesar de que la denominación de «Orden Tercera» gozaba de una larga tradición —tanto en nuestra Orden como en las demás—, y de que en sí reflejaba una forma diríamos «fuerte», de inserción y pertenencia de los fieles seglares a la Orden, sin embargo, prevaleció la opinión de que el cambio de nombre favorecería el cambio de mentalidad en lo que se refiere a la espiritualidad y conciencia de pertenencia del os miembros de la Orden Tercera, para verse ya no simplemente como partícipes de la espiritualidad de la Orden, sino también y principalmente como miembros activos de ella y de la Iglesia, asumiendo su propia misión apostólica como seglares en la Iglesia para la construcción del Reino en el mundo».

Cuando hablamos de la espiritualidad de la Orden y de la Fraternidad nos referimos a dos cosas: a la visión objetiva y a la vivencia concreta y existencial. En el primer caso, nos sentimos agraciados por una visión espiritual que nos entusiasma y atrae. En el segundo la interpretamos en nuestra vida y según nuestras culturas y condiciones. La espiritualidad como visión la describimos a partir de elementos teóricos. Se hace una lectura desde el seguimiento de Cristo, tiene su sensibilidad religiosa y antropológica. Se propone una camino espiritual y unas prácticas normativas. Sabemos que no basta con la visión o con tener bellos documentos, pero hay que decir claramente que son necesarios: son como la partitura de nuestra espiritualidad. La cuestión es como interpretarla. La espiritualidad es también vivencia orquestal, sinfonía en la que participan todos. Esta es la responsabilidad. Nuestras comunidades son lo que son, ¿percibimos la alegría y el fuego interior que nos llena de paz y nos implica en la evangelización?

El camino espiritual requiere prácticas adecuadas, prácticas que tengan sentido en nuestro tiempo, es decir si son las prácticas que necesitamos. Necesitamos referencias, métodos y guías. No podemos evadirnos de nuestra realidad con lamentaciones recordando gloriosos tiempos pasados o soñar con un futuro irreal sin poner medios para avanzar. No podemos perdernos en discusiones sobre lo que nos diferencia de otros cuando lo verdaderamente importante es estar abiertos a la acción del Espíritu Santo para vivir lo que somos y cumplir con fidelidad la misión. Con demasiada frecuencia en la vida espiritual nos obsesionamos con lo que nosotros hacemos y nos pasa desapercibido lo que el Señor hace y quiere hacer con nosotros. Se trata de reafirmar nuestra identidad viviendo en comunión y aportando a la Iglesia la riqueza y la creatividad propia de nuestro carisma.

En la espiritualidad de san Agustín, en su talante vital, el hermano de la fraternidad encuentra respuesta a sus preguntas más inquietantes, a sus aspiraciones más profundas. Esta espiritualidad no se agota con las referencias monásticas, no olvidemos que san Agustín predicaba a todo el pueblo. Ante la invitación evangélica: «El que quiera seguirme, niéguese a sí mismo» (Mt 16, 24), dice san Agustín: «Esto no es cosa que deban oír sólo las vírgenes y no las casadas; sólo las viudas y no las esposas; sólo los monjes y no los casados; sólo los clérigos y no los laicos; toda la Iglesia, todo el cuerpo, todos los miembros con sus funciones propias y distintas, es la que ha de seguir a Cristo»49. A partir del seguimiento hay que entender la espiritualidad agustiniana y laical. La espiritualidad agustiniana es un indicador y expresión del camino cristiano. Viviendo su vocación el miembro de la fraternidad está llamado a vivir la espiritualidad agustiniana con la intensidad y la experiencia propia de la recolección, buscando aquello que más le enciende en el amor. En la espiritualidad agustiniana el ser humano misterio y abismo (Confesiones 4, 14,22) se siente inestable, vulnerable y necesitado, al descubrir que lleva a flor de piel la marca de su pecado (Confesiones 1, 1). La confesión de esta indigencia radical se traduce en búsqueda: Nos hiciste Señor para Ti y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en Ti» (Confesiones 1,1,1). Este camino de búsqueda de Dios lo concibe Agustín en la interioridad y la comunión. A la hora de elegir un modelo comunitario, considera que la comunidad de Jerusalén es el ideal de la vida cristiana (Sermón 77, 4): Tenían una sola alma y un sólo corazón».

Los rasgos específicos de la espiritualidad agustiniana hay que buscarlos en el mismo san Agustín, en su proceso de conversión y crecimiento espiritual. Su espiritualidad no aparece sistematizada en ninguna de sus obras. «Es posible seguir el itinerario cristiano de la espiritualidad agustiniana porque san Agustín nos dejó el relato de su camino religioso y de su encuentro consigo mismo, con los demás, con la naturaleza y con Dios. Su vida pasa por dos grandes experiencias: la experiencia humana y la experiencia de Dios. No se puede tomar en serio a Dios si no se valora la humano y viceversa». Este itinerario nos es individualista, san Agustín vivía con sus amigos, con los hermanos, hay que entenderlo desde la perspectiva de comunión en la comunidad y en la Iglesia.

Si bien es cierto que el carisma no se reduce a la Regla de vida, también es cierto que con la Regla de vida se ofreció a losmiembros de la fraternidad un proyecto de vida cristiana desde su propia condición de seglares, y con una profunda base agustiniana. Podemos decir que en ella se señalan las pautas para vivir el evangelio en la clave del carisma agustino recoleto. En estos años se ha ofrecido a las fraternidades algunos comentarios explicativos del carisma agustino recoleto.

En esta exposición nos limitamos a considerar algunos rasgos significativos de dicha espiritualidad e indicamos su referencia en la Regla de Vida:

— Vivir en unión con Cristo por la acción del Espíritu Santo «Para avanzar en el camino de la santidad con espíritu alegre y decidido, cumpliendo fielmente nuestra misión, es necesario vivir siempre en unión con Cristo. El es nuestro fin último y nuestro camino único... por lo que amar a Cristo con perfección es el empeño principal de nuestra vida» [RV 15].

«El hombre, disgregado y desparramado por la herida del pecado, entra dentro de sí mismo, donde ya lo está esperando Dios, e, iluminado por Cristo, maestro interior sin el cual el «Espíritu Santo no instruye ni ilumina a nadie», logra renovar y restaurar la imagen de Cristo que lleva impresa en el alma» [RV 7].

— Fundamentada en la Sagrada Escritura. Como san Agustín, procuremos iluminar nuestra mente y fortalecer nuestra voluntad con la lectura frecuente y el estudio asiduo de las Sagrada Escritura. Ella es la fuente de la oración fructífera, que nos lleva a compartir con los hermanos las vivencias de la contemplación personal [RV 13].

— Prioridad y dinamismo de la caridad «Ante todo, queridos hermanos, amemos a Dios; después, también al prójimo, porque estos son los mandatos principales que se nos han dado ( Regla, int.) [RV 5]. «Los hermanos desean amar a Dios sin condición» (En in ps 55, 17) [RV 6]. Ama y haz lo que quieras: si callas, calla por amor; si clamas, clama por amor; si corriges, corrige por amor; si perdonas, perdona por amor: Esté dentro de ti la raíz del amor. De esta raíz no puede salir sino el bien» (In 1 Ioan. 7, 8) [RV 7]

— Oración – comunión fraterna – misión. Consideremos que hay que considerar unidas y en armonía estas tres dimensiones del carisma que expresan la vida en el Espíritu. El amor contemplativo, además de unir las almas y los corazones de los hermanos, es en si mismo apostólico.

Oración
San Agustín «nos invita a perseverar en la oración, que es adoración, presencia, diálogo, y amistad con el Señor. Ella anima nuestra vida y la llena de contenido sobrenatural, manteniendo siempre nuestro corazón orientado hacia Dios». A este fin el agustino recoleto seglar cultiva con espíritu y la práctica de la oración; procura la meditación diaria de la palabra de Dios, sobre todo en la sagrada liturgia, y la práctica de la lectura espiritual... [RV 37].

La liturgia, participación perenne en el misterio pascual, debe ser el culmen de nuestra vida y al mismo tiempo la fuente de nuestras fuerzas, siendo la eucaristía el sacramento de piedad, el signo de unidad y el vínculo de caridad que nos pide san Agustín. Nuestra vida litúrgica se manifiesta, sobre todo, en la participación de la eucaristía y en la celebración de la iturgia de las horas... [RV 38; 24; 39]. Nuestra vida espiritual tiene como madre y maestra a María [RV 40].

Unión de almas y corazones en la oración: no sólo reunirse para rezar, sino rezar los unos por los otros porque se aman. Sentido de la oración por la fraternidad y por la familia agustiniana. [cf. RV 29]

Comunión fraterna
«Debemos vivir como la primitiva comunidad de Jerusalén, siempre abiertos a la acción del Espíritu Santo, pues fue él quien hizo que las almas de los apóstoles y de los fieles una sola alma, y de tantos corazones un solo corazón»55 [RV 10; 28]. «Nuestra comunidad es fundamentalmente un grupo de personas que comparten la fe, la esperanza y la caridad. Nuestra oración personal y comunitaria, es no sólo un acto de piedad sino un estilo de vida» [RV 29]. «Es necesario participar en las reuniones comunes y avivar el cumplimiento de nuestros ideales... Nuestra vida de fraternidad nos exige cultivar cuidadosamente los valores de la amistad... en comunión de amor» [RV 30-31].

«El amor y el bien de la fraternidad y de la familia agustino-recoleta nos deben mover a ayudar a los hermanos en todas sus necesidades, no olvidando la corrección fraterna, llena de caridad y comprensión» [RV 53]

Misión
«Nuestra misión de amor es universal, sin fronteras: Si quieres amar a Cristo extiende tu amor por todo el mundo, pues por todo el mundo están dispersos los miembros de Cristo 56. Exhortando, soportando, orando, dialogando, dando razones, con mansedumbre, con amabilidad, arrastrad a todos al amor de Dios» 57 [RV 11]

La misión compartida se realiza con el testimonio de la propia vida, la responsabilidad en la familia, en la evangelización, en las misiones; el compromiso en la animación litúrgica, el servicio de caridad, promoción de la justicia y la paz, la instauración del orden temporal con espíritu cristiano... Cooperación en las obras de la Orden, inserción en la parroquia y en la iglesia local [RV 21-27]. Nuestro apostolado más específico consiste en trabajar para que la unidad y la paz, frutos ambos del amor, sean una realidad en la familia, en la Iglesia y en el mundo. Dicho empeño debe llevar siempre a defender la justicia y a denunciar evangélicamente la injusticia [RV 25].

Considerar el trabajo, no como un peso un simple medio de subsistencia, sino como cooperación con el Creador en la configuración del mundo y como un servicio a la comunidad humana... dominar la propia profesión, actuar con caridad y honradez, practicar las virtudes humanas... Coherencia con la fe [RV 14]

— Proceso de conversión, búsqueda, crecimiento espiritual, formación permanente...

Nuestro carisma agustino recoleto nos exige un camino y una actitud de conversión e interiorización, un abrir cada día más al Señor las puertas de nuestro corazón, como lo hizo san Agustín después de su conversión [RV 17]. Acercarse a Dios por el conocimiento y el amor... volver a nosotros mismos... «No te salgas fuera; retorna a ti mismo: en el interior del hombre mora la verdad. Y si ves que tu naturaleza es mudable trasciéndete a ti mismo» [RV 19].

La formación del agustino recoleto seglar es un proceso que comprende toda la vida... El carisma de san Agustín nos hace protagonistas de nuestra formación, animándonos a guardar el propósito, a formar la voluntad en la libertad de la caridad y a perseverar hasta el fin [RV 33-36].

— Sentido eclesial
Debemos amar a la Iglesia como a madre que nos engendra y alimenta para la vida eterna. Guiados por su magisterio y robustecidos por sus sacramentos, procuremos alcanzar la perfección [RV 12].

— Relación con la Orden y asistencia espiritual. Se pedirá el nombramiento de asistentes espirituales idóneos y debidamente preparados. Relación con la comunidad y con las
obras de la Orden. La visita de los superiores. [50]. Además, hay que destacar en la Regla de Vida algunas referencias a la Forma de Vivir que reafirman la espiritualidad agustiniana:

—Amar a Cristo con perfección es el empeño principal de nuestra vida (Forma de Vivir, 1) [RV 15]

—El fin del cristiano es la caridad (Forma de Vivir, int.) [RV 5]

—Sólo alcanza la perfección quien se niega y mortifica a sí mismo (Forma de Vivir, int.) [RV 8]


Retos eclesiales para la espiritualidad agustino-recoleta
Guiados de la espiritualidad de san Agustín los religiosos y los hermanos y hermanas de las fraternidades no pueden menos que sentirse interpelados por los retos de la Iglesia. Si esto se dice a todos los cristianos, nosotros ¿cómo no nos vamos a sentir especialmente llamados a vivirlo? Os invito a plantearos cuatro retos con textos del Magisterio:
 
1. Experiencia de interioridad agustiniana, crecer en la fe y el amor
Benedicto XVI nos propone: «La historia de amor entre Dios y el hombre consiste precisamente en que esta comunión de voluntad crece en la comunión del pensamiento y del sentimiento, de modo que nuestro querer y la voluntad de Dios coinciden cada vez más: la voluntad de Dios ya no es para mí algo extraño que los mandamientos me imponen desde fuera, sino que es mi propia voluntad, habiendo experimentado que Dios está más dentro de mí que lo más íntimo mío. Crece entonces el abandono en Dios y Dios es nuestra alegría (cf. Sal 73, 23-28)».

Más allá de la apariencia exterior del otro descubro su anhelo interior de un gesto de amor, de atención, que no le hago llegar solamente a través de las organizaciones encargadas de ello, y aceptándolo tal vez por exigencias políticas. Al verlo con los ojos de Cristo, puedo dar al otro mucho más que cosas externas necesarias: puedo ofrecerle la mirada de amor que él necesita. Si en mi vida falta completamente el contacto con Dios, podré ver siempre en el prójimo solamente al otro, sin conseguir reconocer en él la imagen divina. Por el contrario, si en mi vida omito del todo la atención al otro, queriendo ser sólo «piadoso» y cumplir con mis «deberes religiosos», se marchita también la relación con Dios. Será únicamente una relación «correcta», pero sin amor. Sólo mi disponibilidad para ayudar al prójimo, para manifestarle amor, me hace sensible también ante Dios. Sólo el servicio al prójimo abre mis ojos a lo que Dios hace por mí y a lo mucho que me ama...

Amor a Dios y amor al prójimo son inseparables, son un único mandamiento. Pero ambos viven del amor que viene de Dios, que nos ha amado primero. Así, pues, no se trata ya de un «mandamiento » externo que nos impone lo imposible, sino de una experiencia de amor nacida desde dentro, un amor que por su propia naturaleza ha de ser ulteriormente comunicado a otros. El amor crece a través del amor. El amor es «divino» porque proviene de Dios y a Dios nos une y, mediante este proceso unificador, nos transforma en un Nosotros, que supera nuestras divisiones y nos convierte en una sola cosa, hasta que al final Dios sea «todo para todos»

2. Espiritualidad de comunión
Juan Pablo II al comenzar el nuevo milenio invitaba a hacer de la Iglesia la casa y la escuela de la comunión»61. ¿Qué significa todo esto en concreto? ... Antes de programar iniciativas concretas, hace falta promover una espiritualidad de la comunión, proponiéndola como principio educativo en todos los lugares donde se forma el hombre y el cristiano, donde se educan los ministros del altar, las personas consagradas y los agentes pastorales, donde se construyen las familias y las comunidades.

– Espiritualidad de la comunión significa ante todo una mirada del corazón sobre todo hacia el misterio de la Trinidad que habita en nosotros, y cuya luz ha de ser reconocida también en el rostro de los hermanos que están a nuestro lado. Espiritualidad de la comunión significa, además, capacidad de sentir al hermano de fe en la unidad profunda del Cuerpo místico y, por tanto, como «uno que me pertenece», para saber compartir sus alegrías y sus sufrimientos, para intuir sus deseos y atender a sus necesidades, para ofrecerle una verdadera y profunda amistad.


Espiritualidad de la comunión es también capacidad de ver ante todo lo que hay de positivo en el otro, para acogerlo y valorarlo como regalo de Dios: un « don para mí », además de ser un don para el hermano que lo ha recibido directamente.

– En fin, espiritualidad de la comunión es saber « dar espacio» al hermano, llevando mutuamente la carga de los otros (cf. Ga 6,2) y rechazando las tentaciones egoístas que continuamente nos acechan y engendran competitividad, ganas de hacer carrera, desconfianza y envidias.

3. Dimensión misionera
En este Año misionero recordemos las palabras de Juan Pablo II 62: «La comunión con Jesús, de la cual deriva la comunión de los cristianos entre sí, es condición absolutamente indispensable para dar fruto: «Separados de mí no podéis hacer nada» (Jn 15, 5)... La comunión y la misión están profundamente unidas entre sí, se compenetran y se implican mutuamente, hasta tal punto que la comunión representa a la vez la fuente y el fruto de la misión: la comunión es misionera y la misión es para la comunión. Siempre es el único e idéntico Espíritu el que convoca y une la Iglesia y el que la envía a predicar el Evangelio «hasta los confines de la tierra » (Hch 1, 8). En el contexto de la misión de la Iglesia el Señor confía a los fieles laicos, en comunión con todos los demás miembros del Pueblo de Dios, una gran parte de responsabilidad». Los fieles laicos, precisamente por ser miembros de la Iglesia, tienen la vocación y misión de ser anunciadores del Evangelio: son habilitados y comprometidos en esta tarea por los sacramentos de la iniciación cristiana y por los dones del Espíritu Santo...
La síntesis vital entre el Evangelio y los deberes cotidianos de la vida que los fieles laicos sabrán plasmar, será el más espléndido y convincente testimonio de que, no el miedo, sino la búsqueda y la adhesión a Cristo son el factor determinante para que el hombre viva y crezca, y para que se configuren nuevos modos de vida más conformes a la dignidad humana.

¡El hombre es amado por Dios! Este es el simplicísimo y sorprendente anuncio del que la Iglesia es deudora respecto del hombre. La palabra y la vida de cada cristiano pueden y deben hacer resonar este anuncio: ¡Dios te ama, Cristo ha venido por ti; para ti Cristo es «el Camino, la Verdad, y la Vida!» (Jn 14, 6).

4. Una gracia y una responsabilidad: La formación permanente
En el Capítulo General y en los capítulos provinciales se ha destacado la necesidad de la formación permanente. También los hermanos de la fraternidad seglar lo tienen que tomar como una prioridad63: La formación de los fieles laicos tiene como objetivo fundamental el descubrimiento cada vez más claro de la propia vocación y la disponibilidad siempre mayor para vivirla en el cumplimiento de la propia misión....Y para descubrir la concreta voluntad del Señor sobre nuestra vida son siempre indispensables la escucha pronta y dócil de la palabra de Dios y de la Iglesia, la oración filial y constante, la referencia a una sabia y amorosa dirección espiritual, la percepción en la fe de los dones y talentos recibidos y al mismo tiempo de las diversas situaciones sociales e históricas en las que se está inmerso.

En el descubrir y vivir la propia vocación y misión, los fieles laicos han de ser formados para vivir aquella unidad con la que está marcado su mismo ser de miembros de la Iglesia y de ciudadanos de la sociedad humana. En su existencia no puede haber dos vidas paralelas: por una parte, la denominada vida «espiritual», con sus valores y exigencias; y por otra, la denominada vida «secular », es decir, la vida de familia, del trabajo, de las relaciones sociales, del compromiso político y de la cultura... Toda actividad, toda situación, todo esfuerzo concreto —como por ejemplo, la competencia profesional y la solidaridad en el trabajo, el amor y la entrega a la familia y a la educación de los hijos, el servicio social y político, la propuesta de la verdad en el ámbito de la cultura— son ocasiones providenciales para un «continuo ejercicio de la fe, de la esperanza y de la caridad».

Dentro de esta síntesis de vida se sitúan los múltiples y coordinados aspectos de la formación integral de los fieles laicos. Sin duda la formación espiritual ha de ocupar un puesto privilegiado en la vida de cada uno, llamado como está a crecer ininterrumpidamente en la intimidad con Jesús, en la conformidad con la voluntad
del Padre, en la entrega a los hermanos en la caridad y en la justicia. Se revela hoy cada vez más urgente la formación doctrinal de los fieles laicos, no sólo por el natural dinamismo de profundización de su fe, sino también por la exigencia de «dar razón de la esperanza » que hay en ellos, frente al mundo y sus graves y complejos problemas.

Los fieles laicos, al madurar la síntesis orgánica de su vida —que es a la vez expresión de la unidad de su ser y condición para el eficaz cumplimiento de su misión—, serán interiormente guiados y sostenidos por el Espíritu Santo, como Espíritu de unidad y de plenitud de vida.

«Que el Señor os conceda cumplir todo esto movidos por el
amor, como enamorados por la belleza espiritual, y exhalando el
buen perfume de Cristo con vuestra ejemplar convivencia; no como
esclavos sometidos a la ley, sino con la libertad de los constituidos
en gracia».

 

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