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Hoy es Domingo
Fr. Imanol Larrinaga, oar - 13/06/2014

Esta fiesta de hoy es, para los cristianos, una invitación especial que el Señor nos hace, a que entremos en la verdad de nuestra fe y gocemos del misterio del Amor. Pero debemos reconocer que las palabras, aunque se multiplican, no llegan ni siquiera a la puerta del misterio, es solo una cuestión de fe.

Todo cristiano expresa, muchas veces, cuando proclama con fe “Gloria al Padre, y al Hijo y al Espíritu Santo”, una alabanza y una adoración, que se debe convertir en vida. Es una síntesis que, por nuestra parte, se convierte en una oración ante el misterio más sublime y eterno y, a la vez, es algo que parece que nos queda bastante lejos, por una falta de profundización en la fe. Cuando san Pablo se dirige a los Corintios, diciendo: «La gracia de nuestro Señor Jesucristo, el amor de Dios Padre y la comunión del Espíritu Santo esté siempre con vosotros» (2 Cor 13, 13), nos ofrece una confesión de fe trinitaria. Es un testimonio precioso de la fe del apóstol en Dios, que es Padre, Hijo y Espíritu Santo, y que nos hace recordar el final del evangelio según Mateo: «Id, pues, y haced discípulos a todas las gentes bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo» (28, 19).

¿Cómo profundizar en este misterio? Sería mejor decir: ¿cómo hacer de este misterio la fundamentación de nuestra fe? Tengamos en cuenta: “Dios, Padre todopoderoso, que has enviado al mundo la Palabra de la verdad y el Espíritu de santificación para revelar a los hombres tu admirable misterio, concédenos profesar la fe verdadera, conocer la gloria de la eterna Trinidad y adorar su Unidad todopoderosa” (oración colecta). Para nuestra limitación humana es una llamada a creer, no en algo lejano sino en el mismo misterio de Dios que, desde la oración, la Iglesia trata de sintetizar, y que Dios mismo nos ha querido manifestar como fuente de nuestra fe y de nuestro anhelo hacia lo eterno.

Lo importante, para nosotros, es que el misterio se inserta, por pura gracia, en nuestra vida; sin ningún mérito por nuestra parte y solo porque Dios, que es nuestro Padre, nos ha querido comunicar el secreto de “su vida”. Lo hace por medio de Jesucristo, su Hijo, que nos envió su Espíritu que vive en nosotros. Por eso, podemos proclamar la fe en Dios como Dios‑Trinidad, y esperamos poder llegar a conocer en plenitud el misterio que nos ha sido revelado.

Cuando escuchamos la palabra “Trinidad” tenemos la impresión de encontrarnos ante algo indescifrable y, sin embargo, es la afirmación más clara del amor de Dios, como la causa verdadera, última y determinante de la presencia de su Hijo en el mundo. El Hijo del Hombre, el que tiene la experiencia inmediata y directa de Dios, el que vino de arriba y volvió allá, es una demostración en acción del amor de Dios. Dios nos envió a su Hijo, para dárnoslo a conocer. Y para que, mediante este conocimiento, llegamos a la posesión de la vida.

Se abre así, con el don del Espíritu, un horizonte en el interior de cada uno de nosotros: es una mirada hacia el Señor, siempre presente en nuestro corazón, que es «compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en clemencia y lealtad» (Éx 34, 6). El verdadero lugar de la alianza, tal como está descrito en el Éxodo, está en la misericordia de Dios, que se manifiesta en toda situación, y en el hombre que le busca, llevando consigo su condición real. Dios, en su misterio, se hace cercano en todo lugar y condición por los hombres de Dios: los fieles, los profetas, los santos. Dios no está directamente a nuestra vista, pero pasa junto a nosotros, está en nosotros y en Él encontramos nuestra propia razón.

Muchas veces somos desagradecidos ante el misterio, Dios es una presencia viva en nuestro interior, y lo que podría ser fuente de alegría y de felicidad, se convierte en una lejanía desde sí mismos. La razón, de muchas de nuestras inconsecuencias, no está tanto en lo que el ambiente nos achica o nos entontece; sino en el vacío que tenemos en cada uno de nosotros, aún teniendo dentro el misterio de Dios. Por eso, la fe se encuadra en meros cumplimientos, que nunca nos llenan, y vivimos sin valorar lo que dice el evangelio: «Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único, para que no perezca ninguno de los que creen en él, sino que tengan vida eterna» (Jn 3, 16). Y, ante todo esto, puede surgir de nosotros una oración: “Señor, que sepamos que Tú eres el Único Dios; haz que lo meditemos y lo vivamos en lo profundo de nuestro corazón. Tu misterio es tan grande que supera nuestro entendimiento. Por eso te rogamos, Señor, que nos concedas saber que verdaderamente Tú eres Dios y que, fuera de Ti, no hay nada ni nadie que pueda colmar nuestras ansias de felicidad”. Siempre estamos en deuda con Dios, lo cual nos emplaza a ser creyentes que quieren dar muerte a las obras del cuerpo, para que de ese modo vivir la nueva vida que Cristo nos ha conseguido, con su muerte y su resurrección. Desde el anuncio del Señor a los discípulos, y la presencia del Espíritu, debemos dejarnos guiar por el misterio que llevamos dentro y no poner freno a su fuerza.

La vida del cristiano es una peregrinación en el seguimiento de Jesús, por lo que de ahí se deriva que, estar con el Maestro, conlleva escucharle y aprender de Él. El gran reto es que, nosotros, hijos de Dios, no profundicemos en la vida interior a la que hemos sido llamados. No valen nuestras fuerzas, y solo con la presencia de la Trinidad, asumiremos el camino de un verdadero seguimiento del Evangelio. Al igual que en el día de Pascua, el Señor Resucitado llama a nuestros corazones, para ser sus testigos. Es cierto que esto no será posible solo con nuestras fuerzas, por ello debemos orar: “Al confesar nuestra fe en la Trinidad santa y eterna y en su Unidad indivisible, concédenos, Señor y Dios nuestro, encontrar la salud del alma y del cuerpo en el sacramento que hemos recibido” (Postcomunión). ¿Cuál es nuestra cercanía con Dios? Pues Él, respecto a nosotros, no puede distanciarse, ya que somos sus hijos y vela por nosotros como una madre. Proclamar el “Gloria al Padre…” solo es posible desde la convicción de que somos hijos de Dios, herederos de Dios y coherederos de Cristo.

Meditemos con san Agustín: Vuelve, pues, la mirada a tu hombre interior. Es allí donde se ha de buscar la semejanza de tres cosas que se manifiestan separadamente y que obren de forma inseparable ¿Qué tiene tu mente? Si me pongo a buscar, tal vez encuentre muchas cosas; pero hay algo que salta a la vista y se comprende más fácilmente. ¿Qué tiene tu alma? «Me acuerdo». Considéralo. No pido que se me crea lo que voy a decir; no lo aceptes, si no lo encuentras en ti. Centra tu mirada, pues. Pero antes consideremos lo que se nos había pasado, a saber, si el hombre es imagen solamente del Hijo o del Padre y, también, como consecuencia, del Espíritu Santo. Dice el Génesis: «hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza» (Gn 1, 26). No lo hace, pues, el Padre sin el Hijo, ni el Hijo sin el Padre. «Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza. Hagamos»; no dijo: «Voy a hacer» o «Haz» o «Haga él», sino «Hagamos a imagen» no tuya o mía, sino «nuestra» [Sermón 52 (La Trinidad), 18b].

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