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Hoy es Domingo
Fr. Imanol Larrínaga, oar - 21/11/2015
El Dios que ha hecho el tiempo y la muerte nos ha dado su vida en el tiempo y en la eternidad. La gran sorpresa nuestra está en creer que somos moradores del tiempo y que Dios nos da la garantía de ser llamados a convertirnos en moradores de la eternidad. Apreciar la existencia desde la Resurrección es creer que se nos ha prometido la vida, así como en su muerte se nos había asegurado la cercanía fiel de Dios: Dios todopoderoso y, eterno, que quisiste fundar todas las cosas en tu Hijo muy amado, Rey del Universo, haz que toda la creación, liberada de la esclavitud del pecado, sirva a tu majestad y te glorifique sin fin.
 
Esta es la oración colecta en el domingo de Jesucristo, Rey del universo y que viene a ser la luz para iluminar que la vida del cristiano es una peregrinación de muerte y resurrección vividas con Cristo, en Cristo y en el Espíritu, más aún: llevando a Cristo en nosotros. 
La Palabra de Dios nos indica cómo Jesús anuncia el reino de Dios: Jesucristo es el testigo fiel, el primogénito de entre los muertos, el príncipe de los reyes de la tierra (Apocalipsis 1, 5). Esta presentación de Cristo hace posible que la fe haga el prodigio de los que creemos y esperamos que un día vendrá Cristo con todo su esplendor y majestad a juzgar a los vivos y a los muertos, a ejercitar su poder como Rey universal.
 
Toda la gloria y el poder le pertenecen a nuestro Señor y Rey, a Él que el vencedor por todos los siglos del maligno, a Él que nos da la vida que no sabe de muerte. Él nos amó, nos ha liberado –única y real liberación-, de nuestros pecados por su sangre, que nos ha convertido en un reino y hecho sacerdotes de Dios.
 
Tal vez, el lenguaje anterior nos suene un tanto raro, hasta desconocido, y sin embargo es la definición de Cristo que ya ha vencido y superado el miedo a la muerte y a todas las fuerzas que nos esclavizan. En la esperanza y en la fe, por tanto, no en la visibilidad, la victoria ya ha acontecido. Por eso, puede decir el apóstol Pablo: Si habéis resucitado con Cristo, buscad las cosas de arriba, donde Cristo está sentado a la derecha de Dios (Colosenses 3, 1). El Señor nos concede una vida de, vida esperanza, pero no por eso menos real. Más aún, nuestra vida es tan real que, cuando Cristo se manifieste, seremos manifestados plenamente en aquello que ya somos. De ahí la posibilidad de resistir a todas las insidias del maligno, a las tentaciones de la desconfianza, del miedo, de la desesperación, del desaliento. Regresando continuamente a nuestro lugar verdadero, que es estar con Jesús a la derecha del Padre. 
 
¿Creemos con toda la mente y con todo el corazón que un día llegará nuestro gran Rey, Cristo Jesús, y movidos por esa esperanza, hemos de vivir en la fidelidad y en un compromiso de amor total, siempre fieles a las promesas del Bautismo? Vivir esperando la llegada de Cristo, siempre vigilantes, siempre atentos a servir a Dios y a los hombres, siempre dispuestos a seguir a Cristo.
 
El Señor contesta a Pilato: Mi reino no es de este mundo (Juan 18, 36). Por  tanto, Él es rey, que para eso ha venido al mundo y para eso ha nacido, pero aclara que su Reino no es de este mundo, pues si lo fuera ya habrían llegado sus soldados a defenderle; en su reino solo hay la fuerza del amor que vivifica.
 
Quien espera al Señor se sabe llamado a vivir responsablemente en la presencia de Dios y comprende que el valor supremo de cada elección moral está en la ilusión de agradar a Dios y de santificar su nombre cumpliendo su voluntad. Y esto, nos lleva en el camino de nuestra vida a colocar a Dios como horizonte último y patria verdadera para poder vivir con un criterio de decisión moral y de seguimiento de Cristo. 
 
Los cristianos necesitamos vivir en actitud espiritual de la espera que es un continuo referir la propia vida y el acontecer humano al Señor que viene. Pero esta actitud espiritual de la espera exige pobreza de corazón para estar abierto a las sorpresas de Dios, escucha perseverante de su palabra y de su silencio para dejarse guiar por Él, en docilidad y solidaridad con los demás a los que coloca Dios a nuestro lado en el camino hacia la tierra prometida.
 
Con todo esto ¿qué sentido tiene nuestro caminar en la fe? Creer que hay un reino de Dios, trascendente y sobrenatural, que no desprecia este mundo sino que lo eleva y lo redime. Reino que nos acoge tales como somos, pobres y limitados, y que nos transforma en hijos de Dios, que viviremos para siempre. Cristo, nuestro Rey de amor y de verdad, nos sale al encuentro, lleno de compasión y de amable exigencia que nos guía con amor hacia la meta.
 
Toda la predicación de Jesús estuvo imbuida por una idea: “El reino de Dios está ya presente”. Él lo hacía presente con sus palabras de amor, de perdón y de misericordia; llegaba así al corazón de la persona de buena voluntad y enseñaba desde su ejemplo cómo es posible no ser servido sino estar en constante servicio a los demás. El ejemplo de Cristo es la llamada constante para vivir en la humildad y en la esperanza.
 
La fiesta de Jesucristo, Rey del Universo, viene a decirnos a la humanidad cómo crear un mundo nuevo: Yo para esto he nacido y para esto he venido al mundo; para ser testigo de la verdad Todo el que es de la verdad escucha mi voz (Juan 18, 37).
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