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HOY ES DOMINGO
Fr. Imanol Larrínaga, oar - 08/05/2016

En un momento de crisis que sacude a tantas referencias suena hasta providencial el misterio de la Ascensión del Señor. Y no solo como necesidad de levantar los ánimos que, es de por sí, una buena señal sino especialmente porque el sentido cristiano de la vida nos invita a pisar la realidad desde las bases de la fe. Tal vez, una de las acusaciones más serias que se nos pueden hacer a los cristianos es que, mientras vamos pisando tanta tierra (vivir solo con un ideal puesto en lo terrenal) se nos escapa el aire del Espíritu que nos hace trascender y nos ilumina el camino diario de la vida sin perder de vista los acontecimientos. A los apóstoles se les llamó la atención “por estar plantados ahí mirando al cielo” y a nosotros se nos puede tachar de olvidar las palabras de Jesús: “Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo” (Mateo 28, 29).
Sería una buena pregunta el plantearnos si necesitamos la Ascensión del Señor. La respuesta es muy clara y, además, llena de fuerza para cambiar la trayectoria de nuestra vida: “porque la Ascensión de Jesucristo, tu Hijo, es ya nuestra victoria” (Oración colecta); “que la celebración en este misterio eleve nuestro espíritu a los bienes del cielo” (oración después de las ofrendas); “haz que deseemos estar con Cristo, en quien nuestra naturaleza humana ha sido tan extraordinariamente enaltecida que participa de tu misma gloria” (oración después de la comunión). No son nuestras ideas las que justifican una respuesta; es el mismo “Dios todo poderoso”, en el “Señor”, es el “Dios todopoderoso y eterno” a quien dirigimos nuestra plegaria en la Eucaristía de hoy y que Él solo puede darnos una respuesta total a nuestra existencia y a nuestra fe.
El misterio de la Ascensión nos lleva necesariamente a una experiencia viva y no del “levantemos el corazón” sino a una vida interior que respire el “espíritu de sabiduría y revelación para conocer a Dios” (Efesios 1, 17); a una conciencia de saber fundamentar nuestras personas en la fe toda vez que el Señor nos dice: “y sabed que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo” (Mateo 28, 20). La lectura y la visión de la existencia realizadas desde esta certeza que, desde el Señor descubrimos y que, a la vez, es una llamada a una verdadera fe, nos sitúa en un marco completamente activo y dinámico: una vida en expectativa: “el mismo Jesús que os ha dejado para subir al cielo, volverá como le habéis visto marcharse” (Hechos 1, 11) y como base para dar al diario caminar un sentido de trascendencia: “ellos se volvieron a Jerusalén con gran alegría y estaban siempre en el templo bendiciendo a Dios” (Lucas 24, 33). ¿Supone esto que es vivir “fuera de la realidad”? Todo lo contrario. Lo “normal”, y siendo cristianos, es precisamente, parece una contradicción, mantener y fortalecer una existencia sobre lo que se ve y se toca, olvidando el sentido de lo eterno y hasta enseñoreándonos muy farisaicamente de nuestra seguridad hasta el punto de no necesitar la mirada a lo eterno.
La seguridad -¡qué contraste entre lo que intentamos sudar en lo terreno para asegurar en todo lo que se refiere a nuestras personas y la ausencia de valores trascendentes!- es un reto que, analizado desde la fe, la tenemos a nuestro alcance: “mientras vivimos aún en la tierra, nos das ya parte en los bienes del cielo”. Así le pedimos al Señor después de la Comunión y recordemos que es una plegaria interna porque se la dirigimos a quien ha bajado del cielo y está en nosotros mismos. Tal vez, nos sería bueno que mientras en la tierra cerramos bien las puertas para no sufrir ningún atropello, profundizáramos en el arte (creer) de querer abrir las puertas del corazón para que el Dios que desciende en la Eucaristía a nosotros, lo dejáramos con nosotros y así iniciáramos con Él todos los días la experiencia de la ascensión en el Espíritu porque “deseamos vivamente estar junto a Cristo”.
En nuestro mundo real, tan proclive a los “trepas”, a ser más que nadie, a vivir por encima de nuestras posibilidades, a no ser capaces de olvidar nuestros asentamientos, el misterio de la Ascensión es un regalo más que Dios nos concede en su amor y en su misericordia: el camino de lo eterno hacia la verdadera y única meta. Hoy sí que podemos cantar desde el corazón y a plena voz: “pueblos todos, batid palmas, aclamad a Dios con gritos de júbilo… porque es el rey del mundo… porque reina sobre las naciones” (Salmo 46). El domingo de la Ascensión invita a querer vivir, analizar y gozar desde la presencia de Dios la realidad del camino de nuestra existencia en la fe y en la voluntad de Dios. Él ha querido enseñarnos el camino basado en la esperanza, en una mirada más allá de lo temporal y en la necesidad de salir de lo terreno y aspirar lo divino. Es día para sentir el gozo del amor de Dios y cómo estamos llamados a levantar el corazón y amar lo que eterno y absoluto.
¿Cómo vivir y gozar el misterio de la Ascensión? Meditemos con san Agustín: hoy celebramos la Ascensión del Señor al cielo. No escuchemos en vano las palabras: «levantemos el corazón», y subamos con él, con corazón íntegro, según lo enseña el Apóstol: «si habéis resucitado con Cristo, buscad las cosas de arriba donde está sentado Cristo a la derecha del Padre; gustad las cosas de arriba, no las de la tierra». La necesidad de obrar seguirá en la tierra, pero el deseo de la ascensión ha de estar en el cielo. Aquí la esperanza, allí la realidad. Cuando tengamos la realidad allí, no habrá esperanza ni aquí ni allí; no porque la esperanza carezca de sentido, sino porque dejará de existir ante la presencia de la realidad (SAN AGUSTÍN, Sermón 395).

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