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Hoy es Domingo
Fr. Imanol Larrinaga, oar - 12/09/2014

El camino del Tiempo Ordinario en la liturgia tiene hoy una visión y una llamada muy exigentes para el cristiano: el misterio de la Exaltación de la Cruz. Es cierto que la referencia es a la Cruz de Cristo, pero sin olvidar, por supuesto, la cruz de todos los que sufren. En un día para retomar nuestra toma de conciencia, tras el verano, pues este domingo adquiere un horizonte distinto, quiere ser algo así como la necesidad de encontrarnos con Cristo en la expresión más profunda de su amor a los hombres: «Y así, actuando como un hombre cualquiera, se rebajó hasta someterse incluso a la muerte, y una muerte de cruz» (Flp 2, 7b-8). 

Esta expresa lección de san Pablo a los Filipenses nos lleva a constatar un hecho: el camino cristiano tiene una meta clara. Lógicamente, uno debe salir de sus moldes acostumbrados para preguntarse si en su vida se diferencian totalmente los planes humanos y el enfoque de su existencia como persona de fe. Y es que, según nos alineemos en nuestro interior, uno debe asimilar con honradez el camino y el itinerario cristiano. O sea: vivir según Cristo y en su mismo camino.

Tenemos miedo, mucho miedo a todo lo que se refiere a la cruz; como primera impresión es algo negativo en nosotros y si, además, acude a nuestra persona algo que nos hace sufrir, ahí suena peor. Y ¿por qué? Recordemos algo maravilloso: «Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único para que no perezca ninguno de los que creen en Él, sino que tengan vida eterna» (Jn 3, 16). Quien quiera creer plenamente en esta enseñanza de Jesús, está descubriendo antes de nada el amor infinito de Dios sobre todos nosotros. Tema que ni pensamos y, consiguientemente, no gozamos. De hecho, creer en ese amor infinito de Dios sobre nosotros otorga, digámoslo sin ambages, un valor que no somos capaces de entender ni de merecer. Puestos en el camino de la historia, caminamos con una amplia expectación de lo terreno y, sin darnos cuenta, borramos el misterio de nuestro interior toda vez que a Dios no lo situamos dentro de nosotros mismos.

Durante mucho tiempo el mundo vive con un “ego”, tal vez no brutal pero sí de lejanía respecto de la fuente y de su meta. La fuente hace referencia a la Cruz y la meta nos abre la puerta de la Vida. Ambas referencias, siempre en mayúscula, nos hablan del Amor infinito y, precisamente, cuando nuestras personas abundan en el pecado. De no vivir la fe se hace muy difícil entender la existencia en una línea trascendente y de valores eternos. Todos estamos muy dispuestos, e incluso hacemos gala, a vivir lo mejor posible y temblamos con solamente pensar lo que conlleva una cruz ‑llámese enfermedad, fracaso, disgustos, no llegar a lo que queremos…-, y qué consecuencias puede traernos. Estamos muy amarrados a lo que es baladí, a un pasar el rato sin mayores complicaciones, a vivir a nuestro aire y no someternos a un engranaje de dolor, de soledad, de abandono, etc. ya que todo eso lo tenemos in mente. El solo hecho de oír la situación ajena en el dolor nos asusta y pretendemos alejar el pensamiento de lo que hemos sabido, visto…

¡Cuánto tiene de misterio la Cruz! Misterio en el cual, el Hijo de Dios hecho hombre, va a dignificar el más duro dolor en una aceptación de la voluntad de Dios. Este es un tema vital para el cristiano, ya que ahí precisamente se expresa el misterio de la Cruz «para que todo el que cree en Él tenga vida eterna» (Jn 3, 15). Y ¿a qué nos lleva esto? A descubrir con qué amor somos salvados y redimidos. Sentir en nuestro corazón el perdón y la misericordia que se nos concede sin ningún mérito, para poder reiniciar en cada momento un camino nuevo. Parece un sueño el don que recibimos y ¿lo creemos? Porque eso nos haría pensar, siempre desde la fe, que el itinerario de nuestra existencia tiene que llevar necesariamente el sello de Jesús.

Cada día que pasa sentimos no solo el adiós del tiempo y de las personas, sino también si nuestras personas van integrando en sí mismas valores que son garantía, no solo de una vida placentera sino especialmente de un/a seguidor/a de Cristo que contempla cómo «Dios no mandó a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo se salve por Él» (Jn 3, 17). Lenguaje difícil de creer y, sin embargo, misterio inseparable en Cristo y en el cristiano. ¿Lo creemos? Si es así, nuestra vida se orienta desde Dios y “el discípulo no puede ser distinto del Maestro”.

Vivir en la voluntad de Dios es aceptarnos en todo momento como Cristo lo acepta y lo lleva a cabo. Si «Dios no mandó a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo se salve por Él» (Jn 3, 17), todos nosotros debemos sentir la felicidad del amor de Dios que nos invita a vivir como hijos suyos. Pero todo itinerario cristiano no puede separarse del camino de Jesús, no se puede orientar la vida al margen de cómo ha vivido, sufrido y muerto el Salvador del género humano.

¿Qué podemos deducir? Tengamos presente que la cruz en la vida, sea de la manera que sea, es una necesidad para el cristiano. Y esta afirmación seguro que nos parece dura e incluso no le dejamos margen de preocupación, ya que pensamos más en nosotros mismos que en la meta a la que debemos caminar. No vamos nunca solos (algo que no pensamos), Jesús sigue siendo “Camino, Verdad y Vida”. El ejemplo está en Él y la meta es Él. ¿Cómo, pues, no solo aceptar sin remedio lo que hay de cruz en nuestra vida, sino situarnos con la mirada puesta en esa Cruz desde la cual todo es Redención y Salvación?

En la Cruz siempre hay una mirada de amor y en ese mismo amor se funda toda nuestra existencia. Dejémonos mirar y amar desde esa Cruz y encontraremos siempre la luz que nos lleva a encontrarnos a Cristo a quien pedimos que “lleve a la gloria de la resurrección a los que ha redimido en el madero salvador de la cruz” (oración post-comunión). Esa Cruz que es luz en el camino y, a la vez, esperanza.

San Agustín nos propone esta síntesis: «La cruz de Cristo. ¿Qué diré de su cruz? ¿Qué voy a decir? Que eligió el peor suplicio de muerte para que sus mártires no temieran ningún suplicio de muerte. Enseñó en su humanidad y dio ejemplo en la cruz. Allí está su obra, porque fue crucificado. Ejemplo de su obra es la cruz. Premio de su obra, la resurrección. En la cruz nos enseña todo lo que debemos sufrir; en la resurrección, qué es lo que debemos esperar. Como campeón supremo, que va por delante, nos dice: Haz lo mismo, y recibe. Obre bien y recibe el premio. Combate en la pelea y serás coronado. ¿Cuál es la obra? La obediencia. ¿Cuál es el premio? La resurrección para nunca más morir». [Sermón a los catecúmenos sobre el Símbolo de los Apóstoles III, 9].

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