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HOY ES DOMINGO
Fr. Imanol Larrínaga, oar - 05/12/2015

Se va acentuando el tono del encuentro con el Hijo de Dios en la Navidad y hay ya como una cierta prisa para que no se pierda el ritmo. Una prueba de ello es cómo en la Liturgia se juntan los imperativos: mira al Señor que viene, despójate de tu vestido de luto y aflicción, sube a la altura, preparad el camino, allanad sus senderos… Esta prisa necesita por nuestra parte silencio, escucha y oración.

De ahí nace el verdadero gozo: “el Señor ha estado con nosotros y estamos alegres” (salmo responsorial). La experiencia del Adviento se desvirtualiza desde el momento en que nos quedamos solos en el camino de la vida; no se puede entender y, menos, aventurarse uno al hecho de “allanar”, “subir”.., sin antes creer y responder a Dios. Quien se limita a estar sin más en la llanura no conoce el mandato del Señor. Él mismo nos enseña a subir y. para ello, uno ha de ponerse en pie, en actitud de escucha y obediencia, esperando sin miedo para que surja la llamada que cambie totalmente la dirección de la vida y le oriente hacia la misión auténticamente cristiana de anunciar el Reino.

“Subir” en Adviento no es ningún contrasentido, es mirada clara desde la altura, es la capacidad de encontrarse con la realidad de la soberbia y del encumbramiento, de la ambición y de la indiferencia, del enfoque “normal” y el olvido de lo trascendente. El hecho de “no mancharse con los afanes de este mundo” es un aviso serio para todos nosotros fácilmente encandilados con un ambiente donde el sentido de la llanura nos priva de no soñar otra realidad posible y necesaria: “no busques la felicidad en la región de la muerte. No está allí. No puede haber felicidad donde ni siquiera hay vida verdadera” (san Agustín en Confesiones 4, 12. 18).

El profeta Baruc define la nueva situación en la que se va encontrar el hombre, nosotros, en un mundo nuevo: Dios mostrará su esplendor, te dará un nombre para siempre (5, 2). Los hombres serán perfectos porque vivirán al máximo la esencia de su personalidad, su realidad con Dios, consigo mismo y con los demás. Perfectamente relacionados entre sí (justicia), la armonía más completa reinará entre ellos (paz); perfectamente relacionados con Dios (piedad), vivirán la auténtica religiosidad, la presencia de Dios que se experimenta en ellos (gloria). El planteamiento del profeta es la certeza de la acción de Dios en el encuentro, para que vivamos en la confianza ilimitada: el que ha inaugurado entre vosotros la obra buena, la llevará adelante hasta el día de Cristo Jesús (Filipenses 1, 6).

Hace falta “preparar el camino”. El evangelista Lucas tiene en cuenta las palabras del profeta Isaías: todo valle sea elevado, y todo monte y cerro rebajado, que lo escabroso se iguale. El camino se ha convertido en un estilo de vida para con Dios o de Dios para con los hombres. El Bautista anunciará y preparará el “camino del Señor” y Jesús se identificará como el “camino”. Para el evangelista Lucas, Jesús es el nuevo Mesías que guía a su pueblo por el desierto (el camino duro del cristiano, las pruebas, la cruz). El caminar de Jesús se prolonga luego a través del misterio pascual ya que Jesús, en el relato de la transfiguración, habla de un “éxodo” que él debía llevar a cabo en Jerusalén.

Y nosotros, como discípulos de Jesús, estamos llamados a su mismo camino, no hay alternativa. Si creemos en su venida creemos en su camino que conduce a la salvación. Esa es la gran revelación: Y todos verán la salvación de Dios (Lucas 3, 6). Una conversión es siempre un reto, una mirada del Dios misericordioso que hace posible y real una “sabiduría para sopesar los bienes de la tierra amando totalmente los del cielo” (Oración después de la comunión). Tal vez no valoramos suficientemente el sentido de “ponte en pie, Jerusalén, contempla el gozo que Dios te envía” (Baruc 5, 5; 4, 36). La invitación supone un interior limpio, dispuesto a dejarse cautivar y dejarse guiar, con la conciencia de una elección gratuita y capaz de una renovación interior y para siempre. No en vano, “el Señor hará oír su voz gloriosa en la alegría de vuestro corazón (Isaías 30, 30). 

Todos estamos llamados a levantarnos de nuestra comodidad y hasta de nuestros horarios planificados para subir y contemplar, para ser colaboradores en la obra del evangelio. Este domingo tiene un horizonte único, irrepetible, lleno de misterio y de luz ya que Dios “acude compasivo en nuestra ayuda” (oración sobre las ofrendas) y es una llamada que requiere una actitud vigilante ya que es la atmósfera propicia para encontrarnos con el Señor de una manera más serena, sin prisas y con actitud de escucha.

El camino del Adviento es un momento continuado para reavivar la esperanza, es la certeza de que un día Jesús volverá hasta nosotros. Llegará como en Belén, calladamente, con la misma sencillez y ternura de entonces, con la misma humildad. Este momento está por llegar; por eso, “preparad el camino del Señor”. Y ¿cuál es el camino? Nos responde san Agustín: “Camina por el Hombre-Dios y llegarás al Dios-Hombre. Vas a él, pero vas por él. Si él no hubiese accedido graciosamente a ser el Camino, todos nos hubiésemos extraviado. No pierdas, pues, el tiempo buscando el camino. El Camino mismo ha venido hasta ti. ¡Levántate y anda!” (Sermón 141. 4).

En verdad: “el Señor cambia nuestra suerte” (salmo 126, 3).

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