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Hoy es Domingo…
Fr. Imanol Larrinaga, oar - 02/12/2012

Hay que preguntarse en el comienzo de este tiempo litúrgico si el Adviento es para los creyentes una espera o una expectativa. Ambas tienen un alcance distinto: la mirada es en el tiempo o en el espacio, un clima superficial o una profundidad de misterio. En síntesis: ¿se espera algo  o a Alguien?

Hay que preguntarse si necesitamos el Adviento y, de hecho, tenemos una respuesta total en la oración colecta: “Dios todopoderoso, aviva en  tus fieles, al comenzar el Adviento, el deseo de salir al encuentro de Cristo, acompañados por las buenas obras”. Quien clama así al Señor es toda la Iglesia, todos nosotros, y esto significa que en el interior de cada uno de nosotros se escucha la cercanía del misterio: “mirad que llegan días –oráculo del Señor- en que cumpliré la promesa que hice a la casa de Israel  y a la casa de Judá” (Jer 13,14); “cuando Jesús nuestro Señor vuelva acompañado de todos sus santos” (1 Tes 3, 12); “entonces verán al Hijo del Hombre venir  en una nube, con gran poder y majestad” (Lc 21, 27).

Hay que preguntarse entonces si, por nuestra parte, hay fe ya que el reclamo o, mejor, la invitación que se nos hace: “estad siempre despiertos, pidiendo fuerza para escapar de todo lo que está por venir, y manteneos en pie ante el Hijo del Hombre” (Lc 21, 38), requiere una respuesta mucho más confiada en el Señor y que debe traducirse en obras: “descubrir ya en nuestra vida mortal el valor de los bienes del cielo y a poner en ellos nuestro corazón” (Oración después de la comunión). El sentido de la historia está en Cristo, el verdadero Hijo del hombre que está sembrado como germen de muerte y salvación en medio de la tierra. El verdadero Adviento nos recuerda que en la crisis de valores que está ahogando  a la humanidad, en la falta de alegría, en la soledad del hombre aunque esté inmerso en medio de una muchedumbre llena de jolgorio y de aparente felicidad, la respuesta solo está en la llegada de Cristo. Por eso, escuchamos hoy en el evangelio: “cuando empiece a suceder esto, levantaos, alzad la cabeza; se acerca vuestra liberación" (Lc 21, 28).

Hay que preguntarse si el horizonte del Adviento queda definido solo por unos simbolismos en los que se pierde nuestra religiosidad o cabe el misterio para poder gritar al Señor: “a ti, levanto mi alma, Dios mío, en ti confío; no quede defraudado; que no triunfen de mí mis enemigos, pues los que esperan en ti no quedan defraudados” (Salmo 24, 1-3). Levantar el alma es ascender en el corazón, aprender a esperar para acoger. Esto implica soltar el lastre acumulado para que el ritmo en el que se entiende la comunión con Dios gane profundidad y no acabe difuminada por las deficiencias que en cada momento surgen. Levantar el alma es una experiencia interior desbordante pero también exigente: están en juego la propia inquietud y la paciente pedagogía de Dios. El Adviento como expectativa es una luz para descubrir la connotación de prisas y aceleraciones hasta el punto que ese modo de vivir va llevando a la pérdida de la  capacidad de disfrutar lo que se lleva entre manos o en el corazón: Dios.

Y a tanta pregunta es necesario responder: la encarnación del Hijo de Dios, después de la ansiada espera de siglos, es una revelación de amor, un diálogo que mantiene sin tensiones una vitalidad y un aprendizaje difícil de la existencia cristiana. Ante esta revelación solo cabe la expectativa profunda: en la intimidad con Dios se debe buscar una proximidad donde reconocerse y desplegarse en libertad. Dios sigue llamando siempre y quiere que el amor de su llamada penetre hasta la médula para poder vivir solo por Él y para Él.

La liturgia de hoy presenta el plan de Dios para que el hombre confíe en Él y camine a su luz: “muéstranos, Señor, tu misericordia y danos la salvación” (Salmo 84, 8). Y Dios es fiel. No se echa atrás, no se arrepiente de habernos elegido. Su amor no se enfría, su amor no se apaga. Al  comenzar el nuevo tiempo litúrgico, el tiempo de la expectativa: “en aquellos días y en aquella hora suscitaré a David un vástago legítimo, que hará justicia y derecho en la tierra” (Jer 33, 15). En  “aquellos días”, en los designios de Dios, y “en aquella hora”, la hora que no había llegado en las bodas de Caná, y que sonó después en la pasión de Jesús, Yahvé suscitará el legítimo vástago de David, que implante el derecho y la justicia en la tierra. Esa es la expectativa que da sentido al Adviento.

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