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Hoy es Domingo
Fr. Imanol Larrinaga, oar - 19/12/2014

El camino de vida que lleva a la unidad del ser no está reservado a una élite. La Palabra de Dios nos asegura que cada persona puede descubrirlo dentro de sí. Se escuchará la Palabra y se la comprenderá en el silencio del corazón que es donde germina el deseo de vivirla y la opción de ponerse en marcha sin esperar, con lo que somos, en el estado en que nos encontramos.

Pero es importante darse tiempo, estar atentos a esa llamada que viene de lo más profundo del ser; no dejarse ir, ponerse en actitud de escucha, acoger las indicaciones del Espíritu, caminar paso a paso ¿Hasta qué punto creemos que el Espíritu es nuestro guía interior? La vida en el Espíritu es la experiencia esencial de todo creyente que no quiere resecarse y desea vivir con integridad.

Es cierto que en el caminar de cada día nos salen al encuentro sorpresas. Recordemos experiencias concretas: “Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo…”; “no temas, María, porque has encontrado gracia Dios”; “El Espíritu Santo vendrá sobre ti…” (Lc 1). Es cierto que Alguien toma la iniciativa y se inicia así un encuentro cuyo desarrollo y efectividad solo es inteligible desde la gracia. Dios entra en el interior de la persona cuando ésta ofrece un corazón totalmente limpio y con una expectativa de obediencia a la voluntad divina.

Muchas veces se cree que el misterio de María de Nazaret todo tiene sin más previsión y fin cierto. Y, sin embargo, lo más importante es creer cómo las dos referencias, Dios y María, se unen en la libertad más pura e ilimitada que llevan al plan de salvación según la providencia divina. Esto nos hacer creer, no solo pensar, que el desarrollo del plan de Dios tiene que formularse solo y exclusivamente desde el amor infinito y la respuesta sincera y total de quien recibe la gracia, en este caso, María.

La Palabra nos coloca ante una bendición de Dios y en la cual inserta a la persona consciente que escucha la Voz y está dispuesta a secundar lo que la gracia recibida puede y debe realizar no por fuerza propia sino por la convicción clara de que es Dios quien comienza la obra buena y la lleva hasta el final: «te pondré en paz con todos tus enemigos, te haré grande y te daré una dinastía. Tu casa y tu reino durarán por siempre en mi presencia y tu trono durará para siempre» (1 Sm 7, 16). Dios es quien actúa desde el fondo, es la fuerza liberadora y exigente que dirige los caminos de Israel y que ahora actúa de una forma decisiva por María.

María es la expresión de la humanidad que se mantiene abierta ante el misterio de Dios y concreta la esperanza de Israel y el caminar de todos los hombres y mujeres que buscan su verdad y su futuro. Pero, al mismo tiempo, María es la realidad del hombre enriquecido por Dios como lo muestran las palabras del saludo del ángel que proclama: “el Señor está contigo”, “has encontrado gracia ante Dios”. Desde este punto de vista, María se convierte en la figura del adviento, en signo de la presencia de Dios entre los hombres. Más que Juan Bautista, más que todos los profetas, Ella es la humanidad que siempre ama y espera, la humanidad que ama a Dios, acepta su Palabra y se convierte en instrumento de su gracia. Así descubrimos que en el límite de la esperanza, cuando nos abrimos a Dios, aceptamos de verdad lo que el Señor quiere de nosotros, tal como se refleja en la respuesta de María: “hágase en mí según tu palabra”.

Somos personas en un hoy y recibimos la gracia hasta el punto que somos capaces de confesar en la fe: «derrama, Señor, tu gracia sobre nosotros que, por el anuncio del ángel hemos conocido la encarnación de tu Hijo» (oración colecta) y, a la vez, agradecemos: «Señor, que este pueblo, que acaba de recibir la prenda de la salvación, se prepare con tanto mayor fervor a celebrar el misterio del nacimiento de tu Hijo» (oración después de la comunión).

Todo el relato del evangelio de hoy (las palabras del ángel y la respuesta de María) se ordena a una meta muy precisa: nuestra salvación. Y este misterio de Dios llega a nosotros y nos sorprende desde su amor para decirnos: alégrate, lleno/a de gracia, Yo estoy contigo, debes ser feliz porque Yo te he bendecido con toda clase fe de “bendiciones espirituales y celestiales”. En la realidad de cada persona se realiza la visita del Señor que le introduce en el misterio de la salvación y le hace partícipe de sus dones. Sería una insensatez por nuestra parte dejar el evangelio de hoy como un hecho que sucedió y no cayendo en la cuenta (creyendo) que también el Señor nos anuncia que el Hijo de Dios debe nacer en nosotros. Se impone, por lo tanto, seguir los pasos de María en la escucha y en la respuesta provenientes de una fe y de una confianza sin límites porque “para Dios nada hay imposible”.

La alegría que parece nacer, al menos, en lo externo de nuestra sociedad, debe tener por parte nuestra, el soporte de la certeza del “Dios está contigo”. Al fin y al cabo, Belén es el principio de los innumerables belenes que nacerán en el interior de tantos corazones capaces de creer que son agraciados con la presencia viva de Dios que nace y permanece en el interior de ellos mismos como gracia y como bendición. Es cuestión, pues, de reclamarnos expectativa y escucha desde la humildad y desde la fe. Creer que Dios toma la iniciativa es una verdadera bendición…

El ejemplo de María nos sitúa en la expectativa de la llamada de Dios y en la fuerza que Él otorga a quienes como Ella, con humildad y fe total, dicen: «aquí está la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra» (Lc 1, 38). Hagamos nuestra la reflexión gozosa de santo Tomás de Villanueva: «Estaba todo en sostenido, y los astros en su curso desaparecían del hemisferio cuando la Virgen santa, entregada a Dios, abrasado su espíritu, clavadas en el suelo sus rodillas y elevados los ojos al cielo, dando al Altísimo su consentimiento, con su palabra de mujer concibió a la Palabra de Dios. Pues, en efecto, después de escuchar la embajada del cielo, contestó en estos términos al ángel: “Aquí está la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra”. Tú me dices, oh ángel, que voy a ser madre; yo me reconozco una esclava, y como soy esclava del Señor, no me opongo a su voluntad: “Hágase, pues, en mí según tu palabra”» (Conción 273, 7).

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